Soñemos de pie

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /
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La semana pasada leímos el inicio de “Prohibido soñar de pie” (Ficticia 2026), el libro más reciente de Jaime Muñoz Vargas. 

Hoy recorreremos los primeros cuentos, pero sin revelar los finales.

El segundo cuento, “Irene Olavarría”, narra la relación entre Irene y la viuda de Arturo, con quien Irene compartió una relación de juventud.

Irene ha llegado a la empobrecida casa de Teresa para hacerse cargo de los libros publicados y no publicados del recién fallecido.

Según Arturo, quizá la terquedad vasca de Irene podrá “hacer algo con los libros”.

Así, se embarca en el proyecto de rescatar a Arturo de una doble muerte: la física y la literaria, acaso salvando también a Teresa en el proceso.

“Tour en gris” es un cuento basado en una de las paradojas de México en cuanto a la difusión de la llamada “alta cultura”.

El protagonista-narrador viaja hacia la provincia norteña, acompañado de un chofer aficionado a la música de banda, para dar una charla literaria.

Los escenarios desolados, que espantan estéticamente al narrador, nos hacen sentir que ambos personajes se adentran en la nada.

Esa es la paradoja: nadie parece estar esperándolos y, aun así, el escritor va, apoyado por un programa estatal que debe difundir la cultura.

Del tema literario, llegamos al género de terror con “Dentro del cine”.

Aquí, Muñoz Vargas presenta a dos hermanos que filman una película, utilizando los elementos más oscuros de la realidad.

Quizá lo que produce terror en esta historia es exactamente el hecho de que los hermanos no deciden hacer arte, sino lucrar con la violencia social.

De aquí, volvemos al tema literario, pero ya contaminados por el cinismo.

En “Taller literario” encontramos a dos escritores muy diferentes. Uno parece tener la vida resuelta pero no tiene talento. El otro está en apuros, aunque escribir buenos libros le resulta un acto natural.

¿Qué es más importante? ¿El talento o la astucia comercial?

Hasta aquí, “Prohibido soñar de pie” ha presentado el problema de la profesionalización artística en un entorno que no parece reconocer ni recompensar tal esfuerzo.

El resultado es una serie de discordancias entre ejecutantes y su supuesta audiencia: el fracaso de escritores, pensadores y cineastas que soñaron con el “éxito” y cuyas expectativas se tornan ridículas ante un mundo que —irónicamente— no los categoriza de esa manera porque en realidad no los ve.

Este agotamiento lo encontramos en “Un día con Michelle”, que narra el episodio entre un tipo normal y la “novia” de su amigo.

El narrador-personaje debe acompañar a la “influencer” del fitness en Mazatlán como un favor al amigo, y no sabe si los deseos que siente por ella llegarán a cumplirse.

Es el mito de Tántalo, compartido por los personajes: tienen sed y ven el agua, pero no pueden beberla.

Encontramos a lo largo de las primeras cien páginas un realismo irónico y desencantado, cercano a Quevedo.

Jaime Muñoz Vargas reconoce esta influencia en el epígrafe del poeta del Siglo de Oro, que dice: “No sentí resbalar mudos los años/ hoy los lloro pasados, y los veo/ riendo de mis lágrimas y daños”.

Continuemos este recorrido por “Prohibido soñar de pie”. Quizá el verdadero tema del libro no sea la prohibición de soñar, sino la obstinación de seguir haciéndolo de pie.

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