Todos los poderes contra uno

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /

Copil fue sacrificado, según leímos la semana pasada. El sacerdote que encarnaba a Huitzilopochtli le arrancó el corazón y le cortó la cabeza.

Así parecía concluir una guerra interna que intentaba imponer otra línea de sangre en la cima del altépetl mexica.

Pero la guerra no había terminado. Los señoríos reconocidos en el Valle de México ya se habían aliado para atacar a los hijos de Meztli.

La guerra —que había sido una actividad primaria— ahora los perseguía desde el exterior.

Para ese entonces, los mexicas se habían establecido también en Huitzilopochco, al sur.

Allí, según el mito, Huitzilopochtli se encontró con Opochtli, deidad acuática local, cuyo nombre también significa 'el zurdo' o 'el de la izquierda'. 

Dos zurdos divinos, afines por naturaleza, se aliaron y dieron nombre al lugar.

Opochtli les entregó armas para cazar aves acuáticas —probablemente el átlatl o lanzadardos—, sumando así poder al arsenal mexica.

Según el historiador Federico Navarrete, cada miembro de la coalición tenía un motivo distinto para atacar a los recién llegados.

Los mexicas habían servido como mercenarios para distintos poderes. Uno de ellos eran los xaltocanos otomíes en el norte.

Es posible que Xaltocan viera la construcción del altépetl mexica como una rebelión que cambiaba el juego de lealtades.

Muy cerca de Chapultepec, estaban los tepanecas. Algunas fuentes aseguran que los mexicas les robaban posesiones y mujeres.

Por otro lado, Culhuacán, al sur del lago de Texcoco y centro de gran prestigio tolteca, veía a los mexicas como posibles vasallos.

A ellos se sumaron chalcas, xochimilcas, matlatzincas, cuitlahuacas y acolhuas, entre otros.

Parecía que todos estaban en contra del pueblo elegido por Huitzilopochtli.

Su pueblo enfrentaba un final incluso antes de que comenzara a correr su tiempo imperial.

Por su parte, los únicos aliados de los mexicas eran los cuauhtitlancalques.

Los Anales de Cuauhtitlan cuentan que los cuauhtitlancalques advirtieron a los mexicas del inminente ataque.

Les llevaron regalos y después rescataron a una princesa mexica llamada Chimalaxochtzin.

Eso era en el plano de los hombres. En el divino, los mexicas contaban con el apoyo de su dios patrono Huitzilopochtli, por supuesto.

También estaba Tezcatlipoca, deidad que adoraban los antiguos ocupantes de Chapultepec y con cuyos seguidores los mexicas se habían integrado al llegar al cerro.

Sin embargo, el Espejo Humeante era el mismo dios de la discordia, y su lealtad no pertenecía a ningún bando.

Pero también estaba Opochtli, que recientemente les había dado el lanzadardos.

Recordemos que ya habían recibido el arco y la flecha en el norte, cuando les fue dada la misión de acabar con los mimixcoas.

Asimismo, Huitzilopochtli había nacido en Coatepec, completamente armado y con el Xiuhcóatl —la serpiente de fuego— en la mano izquierda.

Así, en el Valle de México parecía que todo estaba listo para un enfrentamiento entre las potencias, tanto las establecidas como la emergente.

Veamos en la siguiente entrega cuál será el desenlace de este armagedón prehispánico.

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