Tzompantli: como granos de maíz

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /

Los mexicas derrotaron a los chichimecas de Atenco, como leímos en la entrega pasada. 

Tras sacrificar a algunos guerreros, erigieron un tzompantli a la orilla del lago, en el norte del Valle de México.

La hilera de cráneos al sol, como granos de maíz, generaría vida, pese al horror que hoy suscita.

El tzompantli anunciaba las consecuencias de la guerra, buscando disuadir nuevos brotes de violencia.

La exposición de huesos enemigos no era invención mexica.

Cuatro siglos antes, en La Quemada, Zacatecas, se encontró el tzompantli más antiguo, ya desde entonces un mensaje de poder territorial.

No obstante, el tzompantli cumplía también una función sagrada.

Los combatientes capturados eran "frutos humanos" que fueron cosechados para reordenar la energía cósmica del Teotl, manifestado en la forma del Malinalli.

El Malinalli era un patrón de movimiento en espiral.

Se manifiesta en el zacate malinalli: pastos silvestres para escobas, cuerdas, techos, redes, canastas y petates.

Coatlicue barre el cerro de Coatepec para ordenar la superficie del mundo cuando concibe a Huitzilopochtli.

En un acto análogo, los mexicas necesitaban torcer el cabello de los guerreros capturados, pintarlo a rayas y hacerlo girar.

Lo desangraban, le extraían el corazón, cocinaban ritualmente su carne en un guiso con maíz (el grano sagrado), y vestían su piel desollada.

Luego colocaban los cráneos en las varas del tzompantli.

El guerrero era una flor por su corta vida.

Su condición fragmentada replicaba la decapitación y descuartizamiento de Coyolxauhqui, contrincante guerrera del dios solar.

Mientras su cuerpo en la Tierra era expuesto, su alma se transformaba en flor o en ave de colores brillantes en el Mundo Flor, para escoltar al Sol en su camino cromático.

Con ello devolvían la energía al cosmos, reordenándola. Inducían la abundancia que nutriría a la humanidad con agua y maíz.

Los enemigos chichimecas reconocieron en el muro de cráneos —que ya había dado nombre al lugar— una manifestación de vida, y no de muerte.

Cuenta Juan de Torquemada, en “Monarquía Indiana”, que los hijos de Meztli fueron recibidos amistosamente por el señor llamado Tochpanecatl.

Quizá haya pensado que le decían: “Nosotros alimentamos al cielo. Tú, si te unes, también comerás”.

Por lo que ordenó que su hijo Ilhuicatl se casara con la mexica Tiacapantzin.

De esta unión de dos sangres nacería el cacique Huitzilihuitl I, el primer guerrero de una dinastía, que llevaría a su pueblo a la siguiente estación en Chapultepec.

La semilla que fue sembrada en Zumpango, entre cráneos y bodas, germinó, como veremos en la siguiente entrega.

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