Los cambios de nombres

  • Columna de Fernando Rangel de León
  • Fernando Rangel de León

Laguna /
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La propuesta de la Presidenta de México, de cambiarle el nombre a Paso de Cortés, por el de Paso de los Pueblos Indígenas, ha desatado polémica; sosteniendo unos que se debe respetar la historia tal y como estaba escrita y otros están porque desaparezcan los nombres de los personajes que le hicieron más mal que bien a México porque no deben de ser conocidos por las venideras generaciones, para que no los imiten y repitan sus malas acciones.

En lo que se ha denominado la Cuarta Transformación, ya se han cambiado nombres como el de Mar de Cortés por el de Golfo de California, la entrada del Océano Pacífico a las costas de Baja California Sur y Baja California Norte, por el lado poniente y los estados de Sonora, Sinaloa y un poquito de Nayarit, por el lado oriente.

Cuando la actual Presidenta fue jefa del Gobierno de la Ciudad de México, se cambió el nombre de la calle Puente de Alvarado, por México-Tenochtitlán, porque consideraron y consideran que Hernán Cortés, hizo más mal que bien a México.

Pero no solamente en la Ciudad de México, se han cambiado los nombres de las calles, sino en muchas ciudades del país como Torreón, donde le cambiaron el nombre a la avenida Agustín de Iturbide, por el de Presidente Carranza; y a la calzada Porfirio Díaz, por Cuauhtémoc.

Estos cambios se deben a que en parte la historia la escriben los vencedores, que no quieren que quede vestigio alguno de los nombres de los vencidos que crearon toda una cultura que les sirvió para controlar con el pensamiento y las ideas a la población para que los siguieran sosteniendo en el poder político, económico y religioso.

También a ciudades se les han cambiado los nombres como a Ciudad Porfirio Díaz, por Piedras Negras, y a Abelardo L. Rodríguez, por Francisco I. Madero, en Coahuila; a Paso del Norte, por Ciudad Juárez, en Chihuahua; a Cajeme, por Ciudad Obregón, en Sonora; a Las Truchas, por Lázaro Cárdenas, en Michoacán.

Pero más importante que cambiar los nombres de calles, ciudades y demás, es cambiar lo malo por lo bueno en todos los órdenes de la vida pública y que es a lo que todos gobernantes y gobernados debemos de aplicarnos; es decir, es más importante la materia que la forma, aunque a veces la forma es materia.

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