Dejar de pelearte con los hijos

  • Semillas de conciencia
  • Gabriel Rubio Badillo

Tamaulipas /

Las generaciones no tienen por qué vivir enfrentadas; cada una tenemos cosas interesantes que ofrecer a la otra. En los padres y abuelos cabe la prudencia y la experiencia, el espíritu regulador del caballo desbocado que son los hijos y los nietos. Y los chicos tienen tanto que ofrecernos y tanto que aprender de ellos: son espíritus libres de prejuicios, con la cabeza llena de cuestionamientos. Nos enoja que siempre estén buscando un porqué; pero, al mismo tiempo, es un rasgo de su personalidad que debiera tranquilizarnos: entre más alentemos su curiosidad, más posibilidades tienen de aprender y crecer.

Necesitamos estar más cerca, dejar de lado los pretextos del tiempo, el trabajo y la escuela. Hacer entre todos los quehaceres reducirá el tiempo del trabajo de casa y es un excelente escenario para el intercambio de opiniones, para enterarnos de cómo estuvo el colegio, para dejar tiempo libre y podernos acercar a temas más sensibles, como sus emociones, sus miedos y sus sueños.

Los quehaceres no son un castigo para los chicos; no nos están haciendo ningún favor al participar en ellos. Es su responsabilidad y es nuestra obligación enseñarles a realizarlos de manera precisa. No “nos ayudan”: viven ahí y generan gastos muy elevados. Es lo menos que pueden hacer ante el esfuerzo de sus padres.

Aprovechemos las vacaciones de verano para reforzar los lazos de interés por el otro y volvernos a mirar a los ojos; dejemos de lado las conversaciones superficiales. Como padres, nos toca asumir la responsabilidad y la autoridad para sacarlos de esa tonta tendencia de encerrarse en su cuarto detrás de una pantalla y llevarlos a visitar a los abuelos.

Interesarse por la familia y convivir no tiene por qué estar sujeto a una democracia. Es responsabilidad de los padres asegurarse de que sus hijos no crezcan como salvajes emocionales invadidos de egoísmo e individualismo. No esperemos de ellos la iniciativa para asomarse al mundo; eso solo ocurre en los chicos resilientes y son uno en 1 millón. A los chicos promedio necesitamos nosotros mismos ayudarles a superar su espantosa manía de solo pensar en sí mismos. Y veremos en ellos cosas increíbles.


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