Los terribles escenarios de agresiones en la zona sur de Tamaulipas al interior de las escuelas, no son un fenómeno que vaya a disminuir en el corto ni el mediano plazo. No existen condiciones para eso.
¿Por qué? Porque nuestras actuales leyes en materia penal, fomentan la impunidad y la violencia con su absurdo sustento de considerar inimputables a todas las personas menores de 18 años, cuando cometen actos de agresión severa.
Las acciones que se toman en esos casos son absolutamente ridículas e inservibles: enviar a algunas sesiones de terapia psicológica o suspender tres días a adolescentes, que ya muestran indicios de una personalidad psicopática, violenta y con impulsos homicidas, es algo que carece de sentido.
Por supuesto que requieren atención psicológica con urgencia, pero si eso no va acompañado de una consecuencia jurídica severa que restrinja su libertad, no es posible que esperemos ningún cambio.
Los actuales códigos penales están basados en consideraciones psicológicas arcaicas sobre la edad, en la que se considera que una persona tiene plena conciencia de la maldad en su conducta.
Probablemente 70 años atrás, un chico de 13 o 14 años podría no tener plena conciencia y madurez mental sobre sus acciones (lo cual sigue siendo discutible). Pero en el presente, en pleno siglo XXI, es ridículo suponer que una persona de esa edad, que se atreve a destrozar la nariz a un compañero de un cabezazo o a arrojarle una piedra en el cráneo, es solo un niño inocente que no sabe lo que está haciendo.
Al igual que pasa con la legislación para adultos, y con los organismos de derechos humanos, las estructuras jurídicas en México, atienden prioritariamente los derechos de los agresores y los violentos. Las víctimas pasan a segundo término en nuestro marco regulatorio.
Nuestros legisladores fingen ceguera, o simplemente no les importa la realidad que vivimos: mientras un adolescente no enfrente consecuencias severas por su conducta violenta, no va a cambiarla.
No se requiere mucha sabiduría para recordar lo que pasa cuando decidimos enfrentar la violencia solo con abrazos. Y seguimos empeñados en repetir una medicina que no sirve.