¿Nacemos o nos hacemos egoístas?

  • Semillas de conciencia
  • Gabriel Rubio Badillo

Tamaulipas /

Hace días fui a comprar zacahuil y me atendió una señora de edad mayor, muy amable, proveniente del campo, y al momento de pagarle, ella estaba haciendo la suma de los pedidos que le hice y cuentas mentales para devolverme el cambio de un billete. Pretendía darme feria de más y me pregunta si así está bien… le respondo que no, que me tenía que devolver menos dinero. Y me pregunta cuánto es lo que debía entregarme. Una vez que le doy la cantidad, me despido de ella agradeciendo sus atenciones.

Me sorprendió ver su extrema y natural confianza… no pasó quizá por su mente la idea de que pudiera timarla, y que le hiciera perder dinero. No lo dudó; su conducta fue espontánea y sin malicia, dando por hecho que cualquier persona actuaría con honestidad, como si viviera en un mundo donde todos se condujeran con la transparencia con que ella actuaba. Probablemente la mayoría de la gente en su comunidad actúa con la misma transparencia. Y seguro estoy de que mucha gente más le responde con honestidad sin aprovecharse de la ingenuidad de la señora, que muchos también sentirán la misma empatía.

Ese suceso me remontó a la vieja controversia de psicología (que hasta la fecha sigue sin resolverse ni tener una respuesta unificada entre los teóricos de la conducta): ¿nacemos siendo egoístas… o nos hacemos así conforme crecemos? El psicoanálisis nos ve instintivos y egoístas por naturaleza; que nacemos movidos por el principio del placer y la ley del mínimo esfuerzo, y el contacto social con la educación es lo que nos empuja al bien común y a soltar nuestro desagradable individualismo. El humanismo sostiene que ocurre al revés: los seres humanos nacemos auténticos, espontáneos y limpios, y el entorno social nos corrompe, retuerce y aleja de nuestra esencia, que sería buena por naturaleza.

Sea cual sea la realidad de nuestros orígenes, hay una cosa que es absolutamente cierta y medible: tenemos el poder de decidir ser nobles y transparentes y renunciar al egoísmo, o bien de retorcernos y manifestar lo peor que llevamos dentro. Quizá tengamos ambas raíces: la yerba mala y la luminosa. Pero lo más importante es el acto, día a día, de a cuál elegimos cultivar más.


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