Hay momentos en que una discusión pública llega con cierto retraso respecto de la realidad que intenta explicar. El foro convocado por la Secretaría de Educación Pública bajo el título “Más allá de las pantallas: Impacto de las tecnologías en la educación y la salud mental”, parece responder a uno de esos momentos. La presencia de los teléfonos inteligentes, las redes sociales y los algoritmos se normalizó en la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes sin que el debate educativo y social lograra acompañar con la misma velocidad esa transformación. Hoy, finalmente, el tema llega a la agenda pública.
No es casual que en ese foro las reflexiones de Jonathan Haidt, profesor de la Universidad de Nueva York y autor de La generación ansiosa, sean citadas y valoradas. Su libro se ha convertido en una de las referencias más influyentes para comprender la relación entre la expansión de los smartphones y el deterioro de la salud mental de los adolescentes en buena parte del mundo. Haidt sostiene que, a partir de la década de 2010, se produjo una transformación radical en la experiencia de crecer. La infancia dejó de estar organizada alrededor del juego, la interacción directa y la exploración del mundo físico, para trasladarse de manera creciente a las pantallas y a los circuitos de validación digital que operan en las redes sociales.
El diagnóstico del autor, y los datos aportados son incómodos, pero difíciles de ignorar. En muchos países se observa, en paralelo con la expansión de los teléfonos inteligentes, un aumento sostenido de ansiedad, depresión, autolesiones y sentimientos de soledad entre adolescentes. No se trata únicamente de un problema tecnológico, sino de un cambio profundo en la arquitectura de la socialización juvenil.
Quizá una de las observaciones más provocadoras de Haidt sea también la más sencilla. Según el autor, nuestra sociedad ha construido una paradoja educativa difícil de sostener. Los adultos han decidido proteger obsesivamente a los niños del mundo físico. Se restringen los juegos en la calle, se multiplican las supervisiones, se teme cada vez más a los riesgos del espacio público. Pero al mismo tiempo, esos mismos niños han sido abandonados prácticamente sin defensa en el mundo digital muy hostil.
En otras palabras, los adultos sobreprotegen a los niños en el mundo físico, pero los dejan prácticamente sin protección en el mundo digital.
El resultado es una generación que crece con menos autonomía en la vida real y con una exposición ilimitada a dinámicas virtuales diseñadas para capturar atención, inducir comparación social permanente y generar dependencia psicológica. El problema no es únicamente el tiempo frente a la pantalla. Es el ecosistema emocional que se construye alrededor de ella.
En ese sentido, el foro organizado por la SEP tiene el mérito de reconocer que la discusión sobre educación ya no puede limitarse al aula. Las tecnologías digitales forman parte del entorno formativo de las nuevas generaciones, para bien y para mal. El desafío consiste en construir políticas públicas que permitan aprovechar sus beneficios sin ignorar sus efectos adversos.
La evidencia internacional apunta en varias direcciones. Algunos sistemas educativos comienzan a prohibir o restringir el uso de teléfonos móviles en las escuelas, en menores de edad, para recuperar la atención en el aula. Otros impulsan programas de alfabetización digital crítica que permitan a los estudiantes comprender cómo funcionan los algoritmos y las dinámicas de las plataformas. También empieza a discutirse la edad mínima para acceder a redes sociales y la responsabilidad de las empresas tecnológicas en el diseño de entornos menos adictivos.
Ninguna política será suficiente si la sociedad no asume que la educación digital no puede delegarse únicamente a las escuelas. El libro de Haidt insiste en que la respuesta debe ser comunitaria. Padres, maestros, autoridades y comunidades necesitan construir acuerdos básicos sobre el uso de dispositivos, los tiempos de conexión y los espacios de socialización fuera de las pantallas.
Porque, si la advertencia de La generación ansiosa es correcta, el desafío de nuestro tiempo no es simplemente regular los dispositivos. Es recuperar la infancia.