El tan inesperado como fallido retorno de Rubén Rocha Moya a la gubernatura de Sinaloa produjo un cúmulo de especulaciones en nuestra conversación pública. Muchos opinadores, obsesionados como están con López Obrador y con la posibilidad de una ruptura al interior del movimiento gobernante, concluyeron que AMLO habría orquestado esta decisión o que, por lo menos, habría sido informado de lo que ocurriría y que él lo habría autorizado.
Algunos incluso encontraron una o varias justificaciones para ello: que si AMLO está enojado porque no hubo una expresión contundente de apoyo del aparato gubernamental y partidista frente al retiro de la visa a uno de sus hijos, que si no le agradó que García Harfuch presumiera el cambio de enfoque en materia de seguridad en Argentina, que si incluso llegó a exigir la renuncia de este funcionario por su excesiva cercanía con el gobierno estadunidense, etcétera. Por imaginación y elucubraciones no paramos.
Curiosamente, estos mismos opinadores no dejan de señalar una y otra vez que AMLO es todopoderoso y que influye en distintos ámbitos del gobierno. Insisten también en apuntar que la Presidenta no tiene margen de maniobra y que se muestra débil y titubeante frente al expresidente. Todo el tiempo traen a colación al fantasma del Maximato y la existencia de una supuesta tensión entre el expresidente y la Presidenta.
Quizás estos opinadores no se han percatado de que las dos cosas no pueden ser verdad al mismo tiempo. Es decir, si López Obrador operó el regreso de Rocha, entonces el desenlace de este infortunado evento habría revelado que AMLO no tiene ya ningún poder, puesto que nadie al interior del movimiento le siguió la corriente ni apoyó esa decisión. Ningún gobernador ni ningún miembro relevante del partido se manifestó a favor del retorno de Rocha. Todos se terminaron alineando con la postura presidencial que descalificó dicha acción. Si fuera verdad que Rocha actuó con el aval de AMLO, también sería cierto que los habrían dejado solos a los dos.
Así es que esos opinadores no podrían seguir aferrados a la versión de que Rocha actuó apoyado por AMLO sin tener que renunciar a su otra idea del AMLO omnipotente y omnipresente. Una de las dos cosas sería falsa: o renuncian a una idea o renuncian a la otra. Sin embargo, ya sabemos que no lo harán. Su argumento no sigue una secuencia lógica, sino una política e ideológica. Se seguirán aferrando a la idea, más cercana a un anhelo, de que las cosas no marchan bien en la relación entre el expresidente y la Presidenta. Insistirán, ya lo sabemos, en buscar una ruptura en donde no necesariamente la hay. Así son estos tiempos de la posverdad, en donde los argumentos desafían a la lógica y esta queda supeditada a la insidia y al rumor.
Agradecimiento. Ya con esta me despido. Agradezco enormemente el espacio y la libertad que tuve para escribir semanalmente esta columna por más de dos años y medio. Quedo eternamente en deuda con Óscar Cedillo y Salvador Frausto por su apoyo, generosidad y, sobre todo, por su amistad. Nos seguiremos encontrando.