Algo de Stalin

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Gil encontró el nombre en la más reciente novela de Emmanuel Carrére y luego lo busco aquí y allá, y lo encontró: Llámenme Stalin (Crítica, 2007), un estudio de Simon Sebag Montefiore, biografía centrada en los años de formación de Stalin. Gil empezó a leer y subrayar, aquí vamos:

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“Existe además un misterio más profundo: todos los historiadores citan a Trotski, quien aseguraba que Stalin era una «mediocridad» de provincias, y a Sujanov, según el cual en 1917 no era más que una «sombra gris». La mayor parte de los historiadores han seguido la línea de Trotski y opinan que un personaje tan mediocre y tan gris que no llegó a hacer nada ni en 1905 ni en 1917, convirtiéndose, en palabras de Robert Slusser, en «el Hombre que no estuvo en la Revolución […] Nos hemos fiado durante demasiado tiempo en el retrato deformado por los prejuicios de Trotski hasta hacerlo irreconocible. La verdad es muy distinta. […] Muchos elementos inexplicables de la experiencia soviética

—por ejemplo, el odio al campesinado, el secretismo y la paranoia, la sangrienta caza de brujas desencadenada durante el Gran Terror, el hecho de colocar al Partido por encima de la familia y de la propia vida, o los recelos del propio espionaje soviético, […]— fueron fruto de la clandestinidad, la konspiratsia de la Orjana y los revolucionarios, pero también de los valores caucásicos y el estilo de Stalin. Y no sólo de Stalin.

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Stalin no empezó a utilizar su famoso nombre hasta 1912 y este alias no se convirtió en su sobrenombre hasta octubre de 1917. En realidad se llamaba Iósif Vissariónovich Dzhugashvili. Su madre, sus amigos y sus camaradas siguieron llamándolo «Soso» incluso después de 1917. Publicó sus poemas con el pseudónimo de «Soselo». Con mucha frecuencia se llamó a sí mismo «Koba», pero a lo largo de su vida en la clandestinidad utilizó numerosos nombres.

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Del El atraco al banco

A las 10 treinta de la bochornosa mañana del miércoles trece de junio de 1907, en la bulliciosa plaza central de Tiflis, un gallardo capitán del ejército con bigote, botas que blandía un enorme sable circasiano, ejecutaba cabriolas con su caballo bromeando con dos hermosas jóvenes georgianas, elegantemente vestidas; éstas jugueteaban con sus llamativas sombrillas, al tiempo que acariciaban con sus dedos las pistolas Mauser que llevaban ocultas entre sus ropas.

Pocas personas no pertenecientes a la banda conocían el plan previsto para aquel día, consistente en montar un «espectáculo» terrorista-criminal, pero Stalin se había pasado meses elaborándolo. Uno de los que conocían el plan a grandes rasgos era Lenin, líder del partido bolchevique, oculto en una casa de campo en Kuokola, en Finlandia, a miles de kilómetros al norte. Unos días antes, en Berlín, y luego en Londres, Lenin se había reunido en secreto con Stalin para ordenarle  llevar a cabo el gran golpe, aunque el Partido Socialdemócrata acababa de prohibir estrictamente todas las «incautaciones», el eufemismo con el que se designaban los atracos a los bancos. Pero las operaciones, robos y asesinatos de Stalin perpetrados siempre con una meticulosa atención al detalle y al secretismo, habían hecho de él, el «principal financiero del Centro Bolchevique».

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De “1905: Rey de la montaña”

Mil novecientos cinco comenzó y acabó con una matanza. Fue el año de la revolución en la que el joven Stalin estuvo por primera vez el mando de hombres armados, conoció el sabor del poder, y abrazó el terror y el gansterismo.

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De “Stalin pasa a la clandestinidad: Konspiratsia”

Voluntad del Pueblo abrazó las ideas del filósofo menor Nechaev, cuyo Catecismo revolucionario, totalmente amoral, puede considerarse el padre de Lenin y Stalin. Una de sus propuestas decía: «Unid a ese mundo de bandoleros en una fuerza destructiva indivisible», capaz de matar a los policías «de la forma más terrible». El anarquista Bakunin compartía ese sueño de subordinación del mundo «mundo de bandidos de capa y espada» a la Revolución. Lenin hizo suyas la organización disciplinada, la total dedicación y la brutalidad propia de los gánsteres que caracterizaban a Voluntad del Pueblo, cualidades todas ellas encarnadas a la perfección en Stalin.

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Alejandro II, obligado a enfrentarse a un juego terrorista del gato y el ratón, empezó a crear un servicio de seguridad moderno tan sofisticado como los propios terroristas. Reorganizó la Sección Tercera, creada por su padre para convertirla en una policía secreta, la División para la Protección y del Orden y la Seguridad Social, que pronto recibirá el nombre abreviado de «Ojrana».

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Sus bureaux noirs practicaban la pleustratsia (supervisión): hacia 1882 eran abiertas anualmente unas 380 mil cartas. La Ojrana tenía fama en toda Europa de ser un órgano siniestro de la autocracia, pero nunca llegó a tener ni de lejos la brutal eficacia de la Checa de Lenin, por no hablar de la NKVD de Stalin”.


Gil s’en va


  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
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