António Lobo Antunes

Ciudad de México /

Gil no tiene duda: António Lobo Antunes (1942-2026) escribió una de las obras más poderosas de la literatura iberoamericana, y más. Novelista de estructuras de acero narrativo murió a los 83 años. Por desgracia, llevaba dos recluido en su casa, sin recuerdos, perdido en la desmemoria. Gamés ha leído una parte esencial de su obra completa, más de cuarenta libros. De momento recuerda No entres tan de prisa en esa noche oscura (2000), Tratado de las pasiones del alma (1990), El orden natural de las cosas (1992), Buenas tardes a las cosas de aquí abajo (2003). En su vasta obra, Gil separa tres libros extraordinarios de crónicas en el sentido portugués del término: relato, confesión. Del Tercer libro de crónicas (Debolsillo, 2005), Gil trae a esta página del fondo algunos subrayados.

***

De “Llega un momento”

Y llega un momento en que se empieza a convivir con la muerte como si fuese una antigua amistad, alguien que anda por ahí en alguna silla, sin molestarnos, amable, casi simpático, mirándonos por encima de las gafas, con una revista sobre las rodillas. Llega un momento en que la muerte es alguien de la familia, una pariente no muy cercana a la que se ha invitado cuando sobra un sitio en la mesa: la vemos en un extremo del mantel, modesta, borrosa, comiendo con nosotros, sonriendo cuando nos reímos, asintiendo ligeramente, marchándose antes que los demás

            —No se preocupen, no se preocupen

            y cuando llegamos al ascensor ya no la encontramos, intentamos acordarnos de su nombre y lo hemos olvidado

            —lo tengo en la punta de la lengua

***

Llega un momento en que la muerte es el agua en un colador, el crujido de una cómoda, un adiós por detrás de los cristales, allá arriba, en la ventana, una especie de noviembre que hace las tardes tristes, la sonrisa con la que se responde a las preguntas, los extraños, en la pastelería, tan distantes, una chica que nos atraviesa con la mirada, la vejez que llega de repente

            —(al final soy viejo, qué raro)

            el azúcar en la sangre, los problemas de hígado, el colesterol, la bilirrubina, el alma, quién sabe por qué, aplastada no se dónde, palpitando cuando descubrimos una chaqueta que no nos sirve en el armario, una chaqueta que todavía ayer

            (o sea, hace veinte años)

            nos poníamos»

***

De “Una carta para Sherlock Holmes”

A veces me gustaría ser como Rosa Luxemburgo, que iba por la calle llorando por la pena que le daba la gente. Claro que no lloro, soy hombre de lágrimas medidas, pero me da mucha pena la gente. Sus vidas, la mayor parte de las veces, tristísimas. Algunos ni se den cuenta: lo aceptan. Y tienen otros ojos, por detrás de estos, de niños asustados, sin destino. En cuanto pueden se mueren, no de ninguna enfermedad en especial, sólo porque se acaba la salud. Jaurés empezó su primer discurso en la asamblea francesa:

            —Señores míos, ustedes viven mal.

***

De “El reloj”

En la mesa en la que escribo, el reloj de mi bisabuelo. Era médico y el reloj se lo habría regalado algún enfermo agradecido. Hasta su muerte mi abuelo, su yerno, siempre lo tuvo en su mesa. Ahora está aquí, delante de mí, dando la hora con más de un siglo. Enfermo de cáncer, se suicidó de un tiro en la cabeza en 1918. Tanía 55 años, se llamaba Alfredo Dos Santos Figueiredo. Mi padre cuenta que recuerda que lo cogieron en brazos para que besara el cadáver en el ataúd. Mi bisabuelo se paró. Las agujas del reloj no se han parado. Después se paró mi abuelo. Las agujas del reloj no se han parado. Llegará un momento en el que yo me pare. Las agujas del reloj seguirán moviéndose.

***

De “Crónica para no leer por la noche”

Es como si no hubiese pasado nada, yo aquí tranquilo, las cosas en el sitio de costumbre

            (las mismas cosas)

            muebles, fotografías, todo así, los edificios de costumbre en la ventana, los árboles de costumbre en la otra ventana, la lámpara en el techo, la metálica, de pie, al lado del sofá, todo igual, sin cambios, y aunque no ha sucedido nada, nos preguntamos

            —¿y qué ha pasado?

y no encontramos una respuesta concreta, encontramos un malestar, una inquietud vaga, algo por dentro

(no sabemos qué)

***

Como todos los viernes, Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se acerca con la charola que sostiene el Grey Goose, Gamés pondrá a circular esta frase Lobo Antunes por el mantel tan blanco: “Cuando estoy solo soy todo mío, decía Leonardo, y me entiendo conmigo”.


Gil s’en va


  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
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