Gil preparaba sus arreos para el inicio del Mundial: pantalla pagada para 104 partidos, una camiseta de México (ah, sí señor), variadas botanas, Gansos Salvajes, siempre que el horario lo permita (ay, sí), algunos amigos y libros. De entre estos hay dos libros clásicos de Eduardo Galeano: Futbol a sol y sombra y Cerrado por futbol (Siglo XXI editores, 2008 y 2017). Vengan estos pases y piezas del futbol.
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De Futbol a sol y sombra
Como todos los uruguayos, quise ser jugador de futbol. Yo jugaba muy bien, era una maravilla, pero sólo de noche, mientras dormía: durante el día era el peor pata de palo que se ha visto en los campitos de mi país (…) Han pasado años y a la larga he terminado de asumir mi identidad: soy un mendigo de buen futbol. Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico:
—Una linda jugadita, por amor de Dios.
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Fue en el Mundial del 50. En el partido contra Yugoslavia, Zizinho, entreala de Brasil, hizo un gol bis.
Este señor de la gracia del futbol había convertido un gol de limpia manera y el juez lo había anulado injustamente. Entonces él lo repitió igualito, paso a paso. Zizinho entró al área por el mismo lugar, esquivó al mismo defensa yugoslavo con la misma delicadeza, escapando por la izquierda como había hecho antes, y clavó la pelota exactamente en el mismo ángulo. Después la pateó con furia, varias veces, contra la red.
El árbitro comprendió que Zizinho era capaz de repetir aquel gol diez veces más, y no tuvo más remedio que aceptarlo.
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De Cerrado por futbol
Maradona fue adorado no sólo por sus prodigiosos malabarismos sino también porque era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses. Cualquiera podía reconocer en él una síntesis ambulante de las debilidades humanas, o al menos masculinas: mujeriego, tragón, borrachín, tramposo, mentiroso, fanfarrón, irresponsable.
Pero los dioses no se jubilan, por humanos que sean.
Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía.
La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero.
Maradona fue condenado a creerse Maradona y obligado a ser la estrella de cada fiesta, el bebé de cada bautismo, el muerto de cada velorio. Más devastadora que la cocaína es la exitoína. Los análisis, de orina o de sangre, no delatan esta droga.
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El fin del verano del 96, José Luis Chilavert hizo un gol histórico en Buenos Aires. El arquero paraguayo, que atajaba goles y también los hacía, tiró desde muy lejos, casi desde el centro de la cancha: la pelota voló al cielo, atravesó las nubes y de pronto cayó verticalmente sobre el arco contrario y entró.
Los periodistas quisieron conocer el secreto de su disparo: ¿Cómo hizo la pelota ese viaje increíble? ¿Por qué cayó en la línea recta desde la altura?
—Porque chocó con un ángel— explicó Chilavert.
Pero a nadie se le ocurrió ver si la pelota estaba manchada de sangre. Nadie se fijó. Y así nos perdimos la oportunidad de saber si los ángeles se nos parecen, aunque sea en eso.
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Dos clubes británicos disputaban el último partido del campeonato. No faltaba mucho para el pitazo final, y seguían empatados, cuando un jugador chocó con otro y cayó despatarrado al piso.
Una camilla lo retiró de la cancha y en un santiamén todo el equipo médico puso manos a la obra, pero el desmayado no reaccionaba.
Pasaban los minutos, los siglos, y el entrenador se estaba tragando el reloj con las agujas y todo. Ya había hecho los cambios reglamentarios. Sus muchachos, diez contra once, se defendían como podían, pero no era mucho lo que podían.
La derrota se veía venir, cuando de pronto el médico corrió hacia el entrenador y le anunció, eufórico:
—¡Lo logramos! ¡Está despertando!
Y en voz baja, agregó:
—Pero no sabe quién es.
El entrenador se acercó al jugador, que balbuceaba incoherencias mientras intentaba levantarse, y al oído le informó:
—Tú eres Pelé.
Ganaron cinco a cero.
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Hace años escuché, en Londres, esta mentira que decía la verdad. "En 1949, Gian Piero Bonpietri fue el goleador del campeonato italiano y su estrella más brillante”.
Según dicen los decires, él había nacido al revés, con un piecito pateando al aire, y desde la cuna viajó hacia la gloria futbolera.
El club Juventus le pagaba una vaca por gol.
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Todo es muy raro, caracho, como diría Ángel Fernández: “El Juego del hombre”.
Gil s’en va