En el taller de Javier Marías

Ciudad de México /

La noticia cimbró al mundo de la cultura: Javier Marías ha muerto de una neumonía a la edad de setenta años. Le dedicó la vida a una obsesión: la novela. Escribió dieciséis y la crítica celebró en esa gran edificación literaria a uno de los novelistas mayores del idioma español. En el prólogo a la edición ampliada de Literatura y fantasma (Alfaguara, 2001) el autor de Corazón tan blanco, Mañana en la mañana piensa en mí y Todas las almas, confiesa: “Tendré que plantearme en serio, un día de estos, por qué, pese a todo, sigo empeñándome en escribir novelas, aunque sea de tarde en tarde. La fuerza de la costumbre, tal vez, o la extraña e incongruente fe que a menudo mueve a los descreídos”. Hace dos años, Gilga puso en esta página algunos subrayados que pone a circular de nuevo, un regreso al taller de Marías.

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En el inicio de mis novelas suele haber una imagen, o una frase, o una situación aislada que sin embargo necesitan de algo que les dé cabida, que las albergue, para cobrar pleno sentido. Y creo que, en efecto, no son pocas las ocasiones en que el edificio entero de una novela no tiene más misión ni más razón de ser que las de arropar y posibilitar una oración, unos párrafos, unas pocas páginas, que por sí solas serían impresentables o gratuitas o inanes o harían sonrojar a su autor, y que en cambio, insertas en una complicada trama y una complicada estructura, quizá en boca de un personaje, resultan aceptables o necesarias o reconocibles como verdaderas y constituyen para su autor motivo de satisfacción, o por lo menos no de vergüenza.

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Las personas tal vez consistimos, en suma, tanto en lo que somos como en lo que no hemos sido, tanto en lo comprobable y cuantificable y recordable como en lo más incierto, indeciso y difuminado, quizá estamos hechos en igual medida de lo que fue y de lo que pudo ser.

Y me atrevo a pensar que es precisamente la ficción la que nos cuenta eso, o mejor dicho, la que nos sirve de recordatorio de esa dimensión que solemos dejar a la hora de relatarnos y explicarnos a nosotros mismos y nuestra vida. Y todavía es hoy la novela la forma más elaborada de la ficción, o así lo creo.

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Cuando me hacen esa pregunta retórica que todo escritor padece de vez en cuando, por qué escribo, suelo contestar que para no madrugar y no tener jefe, y aunque algo de broma hay en esa respuesta y sin duda no fueron esos los motivos por los que empecé a escribir en su día, no es menos cierto que me parecen dos de las mayores y más raras bendiciones que pueden caer sobre los ciudadanos y que sí es seguramente por eso por lo que sigo escribiendo.

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Yo sé cómo he escrito mis libros y sé por tanto que han sido posibles hasta el extremo de que yo he conseguido hacerlos. Y como soy yo quien los ha hecho, me resulta difícil verles demasiado mérito. Uno admira justamente lo que se sabe o se siente incapaz de realizar, lo que está más allá de su alcance, incluso lo que no le interesaría llevar a cabo pero percibe que le estaría vedado si le interesara. Esto no es una cuestión de sincera o falsa modestia, aquí la modestia no entra ni sale. Uno puede creer que ha hecho mucho, si es consciente de sus ambiciones y sus modelos literarios y le parece que su obra no queda muy por debajo de sus intenciones. Y a la vez puede creer que ese mucho no es gran cosa una vez que se ha demostrado factible y nada menos que por uno mismo, en quien normalmente no se pone excesiva confianza.

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[…] sobre todo sé que no tengo nada garantizado, y cada vez que comienzo un libro nuevo mi zozobra respecto a la tarea y al resultado es tan grande como la primera y así será siempre, por mucho que lleguen a persuadirme desde fuera de que en alguna que otra ocasión mal no lo hice.

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Javier Marías se las arreglará desde ahora con la posteridad, esa forma del olvido que no sirve para nada. Todo es muy raro, caracho, como diría Groucho Marx: “¿Por que debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?”.

gil.games@milenio.com

  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
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