​Errores inolvidables

Ciudad de México /

“Revisar un texto buscando erratas es como salir al campo a cazar conejos: por muy buena vista que tenga el cazador, y por mucho que haya ejercido la puntería, algunas equivocaciones se le escaparán sin remedio”, escribe Antonio Muñoz Molina...

Gamés pensaba en el error, así sin más. Anatole France decía que “los errores proceden con más frecuencia de la debilidad de carácter que de la escasez de talento”. En ésas estaba Gilga cuando el azar le puso enfrente un libro de Cristina García-Tornel, filóloga, editora y traductora catalana que escribió un Compendio general e innecesario de cosas que nunca pensó que le fueran a importar (Debate, 2013). Entre sus páginas Gil encuentra el texto “Disparates hablados y escritos” en donde explica esto: “Nadie se libra de sufrir en alguna ocasión un lapsus linguae, el típico desliz verbal en que alguien, por ejemplo, afirma todo lo contrario de lo que pretendía decir, confunde una palabra con otra, trabuca letras o sílabas o altera el orden de una frase, lo que da lugar a un enunciado sin sentido […] Pero estas equivocaciones también se cometen por escrito y tienen una desventaja sobre las primeras, y es que, al quedar impresas sobre el papel, no se las puede llevar el viento. Son los llamados lapsus calami –‘resbalón del cálamo’–, locución latina que alude a los errores o erratas que antaño se cometían al usar el cálamo, una caña hueca cortada oblicuamente en su extremo con la que entonces se escribía. Sobre la dificultad de dar caza a estos lapsus, escribe Antonio Muñoz Molina, partiendo de su dilatada experiencia y trayectoria literaria, lo siguiente: ‘Revisar un texto buscando errores y erratas es como salir al campo a cazar conejos. Por muy buena vista que tenga el cazador, y por mucho que haya ejercido la puntería, algunas equivocaciones, pequeños descuidos, incluso disparates obvios, se le escaparán sin remedio, una palabra errónea escondida y quieta detrás de otra que se le parece mucho, un movimiento de los dedos sobre el teclado por el que se cuela una falta ortográfica’. Y añade con resignación: ‘Hay errores obvios que sobreviven durante años y años, ejemplares fuertes de una especie que se resiste a ser erradicada’. Y lo sostiene con conocimiento de causa, pues en su obra Córdoba de los omeyas (1990) pasó inadvertida durante casi una década la afirmación de que Pompeya había sido destruida por una erupción del Etna, lo que seguramente supuso un alivio para el Vesubio.

Veamos a continuación algunos ejemplos de entrañables lapsus calami padecidos por otros escritores que han sido extraídos del artículo ‘Disparates literarios’, de José Martínez de Sousa, publicado en 24 de agosto de 1998 en el Centro Virtual del Instituto Cervantes”:

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¡Pobre María! Cada vez que percibe el ruido de un caballo que se acerca, está segura de que soy yo. (El duque de Montbazon, de Chateaubriand).

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“La tripulación del buque tragado por las olas estaba formada por veinticinco hombres, que dejaron centenares de viudas condenadas a la miseria". (Dramas marítimos, de Gaston Leroux).

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–¡Vámonos! –dijo Peter buscando su sombrero para enjuagarse las lágrimas. (Lourdes, de Émile Zola).

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“El duque apareció seguido de su séquito, que iba adelante”. (Cartas desde mi molino, de Alphonse Daudet).

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“Con las manos cruzadas sobre la espalda, paseábase Enrique por el jardín, leyendo la novela de su amigo”. (El día fatal, de Rosny).

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“Con un ojo leía, con el otro escribía”. (A orillas del Rin, de Auback).

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“El cadáver esperaba, silencioso, la autopsia”. (El favorito de la suerte, de Octave Feuillet).

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“Guillermo no pensaba que el corazón pudiera servir para algo más que para la respiración”. (La muerte, de Argibachev).

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“Esta espada de honor es el día más hermoso de mi vida”. (El honor, de Octave Feuillet).

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–Empiezo a ver mal –dijo la pobre ciega. (Beatriz, de Balzac).

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“Después de cortarle la cabeza, lo enterraron vivo”. (La muerte de Mongomer, de Henri Zvedan).

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“Tenía la mano fría como la de una serpiente”. (Ponson du Terrail).

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Como todas la semanas, Gil toma la copa con amigos verdaderos, mientras el mesero se acerca con la charola que soporta la botella de Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular las frases de Miguel de Unamuno por el mantel tan blanco: “El modo de dar una vez en el clavo es dar cien veces en la herradura”. 

  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
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