Don Hugo Aguilar, ministro presidente de la Suprema Corte del Acordeón, abrió su primer informe así: “Kutahavi-ó indi, kuana. Naka vahá ja kakenda-ni vitná navahá konini-ní táká ma tnukú ndaknani-sá siki tniñu kasahá”. El ministro tradujo, explica Carlos Marín en su Asalto a la Razón impreso en papel: “Buenos días, hermanas y hermanos. Qué bueno que hoy nos acompañan para escuchar las palabras que compartiré sobre los asuntos que aquí atendemos…”.
Dice Marín con tino de cazador que nadie le ha explicado al presidente de la Corte que en México se hablan 68 lenguas indígenas. Imaginen a don Hugo ofreciendo 68 bienvenidas en distintas lenguas, o como se diga. Hubiera sido genial y muy respetuoso con los pueblos originarios, aunque un poco tardado. Por lo demás, las lenguas indígenas las hablan 6.1% de los mexicanos, pero volvamos a la Corte del acordeón.
Oigan esto: “el Poder Judicial es autónomo, funciona y trabaja para dar resultados que el pueblo demanda”. El incauto Gilga pensaba que este poder del estado se encargaba de impartir justicia y hacer que las leyes se cumplan y no buscar los resultados que el pueblo demanda. En fon.
Gil lo leyó en su periódico Milenio en una nota de Rubén Mosso. Aguilar Ortiz dijo que a un año de la reforma judicial aún hay reminiscencias del pasado, por lo que llamó a integrantes de dicho Poder “a sumarse a la nueva forma de entender la justicia, todo cambio profundo requiere tiempo, principalmente la construcción de una conciencia sobre el servicio público”.
Después de la destrucción del Poder Judicial y de acabar con la democracia mexicana en una elección vergonzosa que incluyó trapacerías, acordeones y mentiras a granel, Aguilar Ortiz le pone al puchero demagogia en un informe monstruoso. La Presidenta, encantada.
Memoria inmediata
Los ministros y las ministras tienen problemas con la memoria inmediata. Elena San José y Beatriz Guillén de su periódico El País han recordado cómo el pleito por la presidencia ha eclipsado cualquier intento de conducir la conversación a un arreglo. Poco ayudan a la imagen del presidente de la Corte las declaraciones políticas, las metidas de pata jurídicas o el afán de protagonismo de algunos togados, que contrastan con el rezago de un pleno desbordado.
La dilación en la resolución de los grandes temas pendientes, como la doble tributación, la prisión (cion-ción-sión-ción) preventiva oficiosa o la muerte digna, ahí quedan en el refrigerador. Después de un año, la Corte no ha logrado sacudirse el estigma de ser un tribunal improductivo y volcado a la defensa de los intereses de Morena, el partido en el poder. Las críticas lo rodean desde el gremio jurídico y con especial alarma también desde los empresarios.
La joya de la corona de la justicia mexicana tiene un puesto con el que la mayoría sueña: la presidencia de la Corte. Quién va a ser el próximo en ocupar el cargo se ha convertido ahora en el mayor punto de fricción, en una crisis que ha estallado mucho antes de lo que esperaban, según reconocen fuentes internas. La reforma judicial original propuso un método rotatorio cada dos años en función de los votos obtenidos en las urnas. Ese modelo convive con el anterior, que nunca fue eliminado de la Constitución, y que establece que el pleno es quien debe elegir cada cuatro años a su presidente. Deliberadamente, ninguna de las propuestas de reforma actuales del oficialismo solventa la cuestión, que se ha convertido en una bomba de tiempo dentro del tribunal.
La disputa a gritos
La disputa se ha acrecentado por el perfil de quien debería tomar las riendas de la Corte el próximo septiembre: Lenia Batres, “la ministra del pueblo”, hizo una réplica tremenda. La juzgadora, que apareció en los acordeones o guías de votación del oficialismo, ha aumentado la hostilidad hacia sus compañeros, los ha llegado a acusar públicamente de tener una “animadversión insana” hacia ella.
Pobre Lenia. No la quieren, cosa rara, porque llegó a la Suprema con aseo y conocimiento, incitación al debate y deseos de resolver los conflictos. Ríanse, pero así fue la cosa.
Todo es muy raro, caracho, como diría Pascal: “La justicia sin fuerza es impotente; la fuerza sin justicia es tiránica”.
Gil s’en va