A Gil lo corroe la culpa de esos libros que deja uno olvidados sin haberlos leído. Gamés dio con uno de ellos: Notas sobre la literatura y el sonido de las cosas (Malpaso, 2016). Jorge Carrión escribió de este escritor: “Marcelo Cohen es una máquina bifronte: la cara que mira al sur no cesa de imaginar, mientras que la norteña no deja de pensar. Producidos por el mismo cráneo privilegiado, todos los textos que escribe son igual de inteligentes”.
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De “El sonido de las cosas: notas sobre literatura”.
Ahí están las cosas, acumulándose pese a todo, ni al acecho ni a la espera porque, como se sabe, esperar o acechar son actitudes nuestras. No llegamos a las cosas. Aun cuando las tocamos siempre se entrometen las palabras. Las cosas son lo otro de lo humano y lo mismo: recuerdan o delatan, callan, se resignan. Son utilidad y redundancia, opacidad y poder, deseo y repulsión, desintegración y permanencia: son lo que somos y lo que seremos.
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Hoy el afecto, el trabajo y todo lo humano transcurren en un plano cada vez más virtual. Ciento veinte millones de blogs. Andanadas de pedeefes. Fotos de Júpiter y de mi amigo. La carga de información estimula, hasta que empieza a exceder la memoria RAM del cerebro; en ese estado uno no recuerda ni qué fue a hacer a la cocina.
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De “Primitivos del futuro”
No sé si puede demostrarse que antes se leía más que ahora. Lo que sugiere mi experiencia y la de algunos viejos sabios es que los grupos sociales llamados ilustrados dedican cada vez menos tiempo a leer: profesionales diversos, estudiantes secundarios y universitarios y, notoriamente, artistas e intelectuales. El cambio de paradigma cultural es más agudo de lo que aceptamos sospechar. Pero ¿vale la pena volver a internarse en los motivos de la deserción? Por mi parte, creo que una buena novela, un verso “que conmueve como la proximidad del mar”, importan tanto como, por ejemplo, la amistad.
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No hay secuencia de David Lynch que pueda contar y pensar la perversión mejor que la novela de Sade; no hay documental que explique la mentira mejor que Confesiones del estafador Félix Krull. La mayoría de las imágenes que proliferan no ofrecen síntesis, sino reducciones, el mundo de los que no leen será un mundo no de “incultos”, sino de ingenuos. Y de nada vale el argumento de que la vida enseña más que los libros. La vida es algo que casi no existe fuera de la gran realidad virtual que suplanta la realidad verdadera.
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Al revés que el “ignorante” de otros tiempos, el primitivo tecnológico está al tanto de montones de cosas; pero como no lee, cree que el lenguaje, como las imágenes, explica fehacientemente, y esta ingenuidad terminará por anularlo, si antes no lo vuelve peligroso.
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De “Mentir con paciencia y placer”.
Hace veinte años, en una ciudad a orillas del Río de la Plata, conocí a un tipo tan mentiroso que cuando decía “Buen día” todos iban a la ventana a ver si era cierto. No se avergonzaba de las contradicciones: las paladeaba. En el café había contado que era viudo con un hijo, pero un día trajo una muchacha y después anunció que por fin había perdido (él) la virginidad.
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No tardé mucho, paro ya era tarde, en darme cuenta de que mentir con paciencia y placer minucioso es un grado muy alto de la compulsión humana a “hacer literatura”.
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De “Lo insípido y lo sabroso”.
…un libro tendrá tanto más poder cuanta más cantidad de deseo se haya puesto en escribirlo.
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La predestinación es el peor enemigo de un libro. Algo que siempre le da potencia, en cambio, es la mera urgencia de escribir, gesto compulsivo, inocuo, además, cuyo origen es tenebroso: abundan casos de culpa, de venganza, sin excluir la sed de gloria.
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Claro que el éxtasis nace de la incorporación súbita a la totalidad, puede ser satori; pero también hay un éxtasis de odio, de desazón, de absurdo, de amor, es posible que un sostenido esfuerzo de voluntad también lleve al paroxismo, y todos esos éxtasis suelen esperar, trastocados, en el vértigo trepidante o sosegado del puro hábito de escribir.
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Todo es muy raro, caracho, como diría Cohen: “No hay días corrientes. Puede que haya días típicos, pero la rutina, campo de los imprevistos, le da a cada uno su tonalidad particular”.
Gil s’en va