La muerte de la verdad

Ciudad de México /

Gil subió el telón del año no sin dificultades. Mientras caminaba sobre la duela de cedro blanco encontró en uno de los entrepaños de sus libreros un ejemplar de La muerte de la verdad. Notas sobre la falsedad en la era Trump de Michiko Kakutani (Galaxia Gutenberg, 2019). Ella es crítica literaria, premio Pulitzer y encargada de la sección de libros en The New York Times. Gil arranca algunos subrayados de esas páginas. Aquí vamos.

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Orwell escribió que “el caos político está en conexión con la decadencia del lenguaje”, el divorcio de la palabra y su significado y la apertura de un abismo entre los objetivos declarados de un líder y sus objetivos reales. Y esta es la razón por la que tanto Estados Unidos como el mundo se sienten tan desorientados por la cascada de mentiras vertidas por la Casa Blanca de Trump y por el uso que el presidente hace del lenguaje como instrumento para difundir la desconfianza y la disensión. Y es también la razón por la que, a lo largo de la historia, los regímenes totalitarios siempre se han apropiado el lenguaje cotidiano en su intento de controlar no sólo la manera que tiene la gente de comunicarse, sino su forma de pensar: exactamente igual que el Ministerio de la Verdad en 1984 de Orwell, se propone negar la existencia de la realidad externa y salvaguardar la infalibilidad del Gran Hermano.

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Igual que en la Unión Soviética o en la China maoísta, en la Alemania nazi, las palabras sufrieron una siniestra metamorfosis. Klemperer explicaba cómo la palabra fanatisch (fanático) pasó de tener una connotación “amenazadora y repulsiva” y a asociarse con la crueldad y la sed de sangre a ser un “epíteto desmesuradamente elogioso”.

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Trump ha repetido el perturbador truco de Orwell (“LA GUERRA ES PAZ”, “LA LIBERTAD ES ESCLAVITUD”, “LA IGNORANCIA ES FUERZA”) de utilizar las palabras dotándolas del significado opuesto al que tienen por naturaleza, aunque las frases sean diferentes. No se detienen solo en el uso de su expresión fake news, noticias falsas, que ha vuelto del revés al emplearla para desacreditar un estilo de periodismo que él considera amenazador o poco lisonjero. A la investigación de las injerencias rusas en las elecciones la llamó “la mayor caza de brujas de la historia política estadunidense”, cuando es él quien ha atacado en más ocasiones a la prensa, al Departamento de Justicia, al FBI, a los servicios de inteligencia y a cualquier institución que, según su punto de vista, le sea hostil.

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Al mismo tiempo. Trump siguió adelante con sus ataques personales contra la lengua inglesa: su incoherencia (sintaxis retorcida, inversión de significados, falta de sinceridad, mala fe y grandilocuencia inflamatoria) es el emblema del caos que crea el presidente, al tiempo que se alimenta de él: un instrumento imprescindible en su “kit del mentiroso”. Sus entrevistas, sus discursos, leídos en un teleprompter, y sus tuits son una confusión selvática de insultos, exclamaciones, fanfarronadas, digresiones, non sequitur, calificaciones, exhortaciones e insinuaciones: toda la artillería del matón para intimidar, hacer luz de gas, polarizar y buscar chivos expiatorios.

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Sus diatribas contra el periodismo, al que sistemáticamente acusa de publicar noticas falsas, han agrandado las grietas que ya existían en cuestiones de libertad de prensa en países como Rusia, China, Turquía y Hungría, donde los reporteros ya trabajaban bajo coacción. Los líderes de los regímenes totalitarios las tomaron como licencia para despreciar los informes sobre abusos en materia de derechos humanos y crímenes de guerra en sus propios países.

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“Esto es una manzana.

Habrá quien te intente convencer de que es un plátano.

Puede incluso que griten “plátano, plátano, plátano”, una y otra vez.

Puede que lo escriban todo en mayúscula: PLÁTANO.

Y puede que tú empieces a creer que es un plátano.

Pero no lo es.

Esto es una manzana.”

— Anuncio publicitario de la CNN que muestra la fotografía de una manzana.

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Como todos los viernes, Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se acerca con la charola que soporta el Grey Goose, materia prima de los Gansos Salvajes, Gamés pondrá a circular las frases de John Le Carré por el mantel tan blanco: “Sin un lenguaje claro no habrá un estándar para la verdad”


Gil s’en va


  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
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