El inicio del año ha sido para Gil una difícil emergencia, o como diría el clásico: nomás no se halla. Entre los libros de este principio incierto, Gil acudió al breve ensayo de Amos Oz: Las cuentas aún no están saldadas (Siruela, 2021), con un prólogo de David Grossman. Estas páginas son, en realidad, una conferencia que Oz pronunció en junio de 2018 en la Sinagoga Symbalista y Centro de la Herencia Judía de la Universidad de Tel Aviv y es un despredimiento de su texto Queridos fanáticos. Cuenta Grossman que en el último encuentro que tuvo con Oz éste le dijo: “El arquitecto del cuerpo es un genio, pero el contratista escatimó en los materiales”. Ya estaba muy enfermo cuando Oz le dijo a Grossman: “No me compadezcas. He tenido una gran vida. Mucho mejor de lo que podía imaginar. Tengo unos hijos cariñosos, tengo a Nili, mi querida esposa. Mis libros se leen en todo el mundo. He recibido mucho más de lo que se puede pedir a la vida”.
Las cuentas aún no están saldadas relata las conclusiones de toda una vida, la de Amos Oz, respecto del conflicto judío-palestino, pero algo más que eso. Gil pone en esta página del fondo algunas tabletas de este libro. Aquí vamos.
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Y aquel hombre me dice lo siguiente: me dice: ‘Quiero que sepas que no me interesa quién tenga el control de Palestina. Yo no quiero expulsar a los judíos. No quiero vengarme de ustedes, yo lo que quiero es mi casa de Lifta. Quiero que sepas que no tendrán descanso mientras no recupere mi casa de Lifta. Es mía. No permitiré que nadie se la quede. No permitiré que haya paz, ni permitiré que haya ningún acuerdo, si no recupero mi casa de Lifta’.
Está enfermo, le dije, y también diagnostiqué la enfermedad: aquellos de ustedes que tengan estudios de medicina o de enfermería tomen nota. Estás enfermo de reconstritis. Estás buscando en el espacio físico algo que se te perdió en el tiempo. Deseas ardientemente, anhelas la Lifta de los cuentos con los que creciste, tu abuelo, tu padre, tu madre. Te entiendo. No te estoy censurando. Tampoco te estoy diciendo: olvídate de eso. Jamás te diría que te olvides de eso. Tampoco yo he olvidado mi infancia, ni los recuerdos de mi infancia. ¿Añoras tanto Lifta? Escribe un libro. Haz una película. Escribe un ensayo. Busca lo que se te perdió en el tiempo y no en el espacio físico, porque no se te perdió en el espacio, se te perdió en el tiempo.
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Una vez tuviste un amor de juventud. La mujer de tu vida. Tu gran amor. No puedes olvidarla. Tal vez también sientes que ella no te ha olvidado. Pero ahora, a los sesenta, a los setenta, a los ochenta años, no puedes presentarte en su casa y decirle “eres mía”. Escribe un libro sobre ella. Escribe un poema. Escribe una obra de teatro. Escribe unas memorias. Lo que se te perdió en el tiempo no intentes buscarlo en el espacio. No vayas con tus recuerdos de infancia al cajero automático, porque de allí no sale nada, salvo ultraje o desvarío, porque eso te puede enloquecer.
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Nadie debe renunciar a su nostalgia. No hay ninguna ley en el mundo contra la nostalgia, ni puede haberla. Aunque hay gobiernos que intentan promulgar leyes que dicten lo que está permitido y lo que está prohibido recordar, y qué pérdida podemos lamentar y cuál no. Olvídate de eso. ¿Quieres lamentarte? Laméntate. ¿Quieres añorar? Añora. Quieres reconstruir en tu imaginación. Reconstruye en tu imaginación todo lo que se te ocurra y más. Pero no intentes ir con tu nostalgia al cajero automático.
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¿Hay alguien en esta sala, hombre o mujer, que al menos una vez o dos en la vida no se haya sorprendido a sí mismo hasta el punto de preguntarse: “¿Ese soy yo de verdad? ¡No puedo creer que ese sea yo!”.
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Como todos los viernes, Gil toma la copa con amigos verdaderos. Pero el ómicron lo obliga a la presencia en un patio de dos amigos con cubrebocas. Gilga deja fluir una modesta cascada ámbar de Glenfiddich 15 y recuerda la frase de Amos Oz: “Sólo la muerte es irreversible, y también eso tengo que comprobarlo. Lo comprobaré por mí mismo dentro de poco. No sé si volveré a informarles, pero lo comprobaré”.
Gil s’en va
Gil Gamés
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