Manuel Seyde

Ciudad de México /
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Con la pena, pero en la prensa mexicana no hay cronistas deportivos. Gil se refiere a los periodistas con voluntad de estilo y conocimiento de su materia. De un tiempo a esta parte, algunos escritores han ocupado ese espacio, pero no pueden ni saben llenar las páginas informativas. Entre nosotros hubo un gran cronista deportivo: Manuel Seyde escribía en el Excélsior de los años setenta y aún antes. Una parte de su prosa periodística la reunió en La fiesta del alarido. Gil buscó entre sus libros y lo encontró. Aquí va un puñado de párrafos, juzguen ustedes.

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Sin espejuelos

La polémica sucia y desagradable en Brasil fue alrededor de la pretendida exclusión de Pelé, que hubiera sido como quitarle el corazón al equipo. Se le atribuía padecer una miopía que él, durante el Campeonato Mundial, ridiculizó con mucha elegancia.

​Esa tarde, cuando el 4-1 a Checoslovaquia, vimos al Pelé más completo, sereno y fino de toda su carrera. El de 1958 era el niño violinista encantador que con el arco hacía llorar a la gente. El de 1970 era un hombre fuerte de las piernas, siempre lúcido y más Edison: todo lo inventaba.

​Y allá como a los 41 minutos, cuando Brasil estaba trabajando la bola cerca de la media luna del área, Pelé tomó la pelota y la lanzó ¿hacia dónde? El estadio quedó en suspenso, pero a medida que la pelota iba rumbo al marco de Viktor, éste corría hacia atrás, aterrado; huía como esos jardineros que tratan de fildear una pelota hacia atrás; y la pelota picó cerca del poste izquierdo y se fue.

​Pelé había visto, sin espejuelos, cuando nadie se enteraba, que Viktor estaba demasiado adelantado cortando margaritas y entonces le envió, desde tan lejos, aquel balón que, si hubiese sido goal, ahora se diría que fue “el gol del 70”.

​Pero el mejor goal siempre es el que no se hace.

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Rusos al horno

Es apenas comprensible que aún se juegue futbol en México a las 12 del día, solamente porque en tiempos remotos los españoles querían sorber hasta la última gota del domingo concurriendo al futbol a las 12, y a los toros a las 4, por la tarde; pero en un Campeonato Mundial, los organizadores tenían la obligación de ser comprensivos y, en caso de que quisieran utilizar ese horario como una ventaja para el equipo nacional, anteponer a esa consideración la conciencia: ninguno de los invitados acostumbra jugar a las 12.

​Excepto Brasil, Uruguay, Perú y México, casi todos los demás equipos sufrieron el rigor del calor los domingos y su calidad descendió.

​En el caso de los soviéticos y de los ingleses fue notoria la influencia del horario dominical. Los alemanes lo superaron mediante una excepcional calidad atlética.

​Ahora, si en el fondo existió la intención de beneficiar así al equipo nacional, ya se vio, en la realidad, que Italia le anotó cuatro goals, en Toluca, bajo el rayo del sol dándole a Albertossi un tema de buen humor: que a los mexicanos los había perjudicado la altitud y el sol.

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Apóstoles inútiles

Invariablemente después de cada fracaso del equipo nacional en los Campeonatos Mundiales asistimos a la misma representación: ahí están en el escenario todos los apóstoles que se sacrifican por el futbol, en fila, con las caras y las túnicas marchitas. Uno de ellos cobra fuerzas en medio del dolor y casi grita: “¡Reestructuración!”, y los demás, convencidos, responden en un coro ronco: “¡Reestructuración!”. Hay que renovar un poco este mundo del bostezo sin horizontes. Y admiten, quejumbrosos, que los profesionales no son profesionales, y que los clubes no son clubes, y que no existe un modelo de juego adaptado a las características del futbolista mexicano.

​Pero los apóstoles olvidan al instante, por lo visto. Sacuden el plumaje como gallinas, y se van del escenario, y el calendario sigue su marcha, y el futbol continúa en la rutina. (…)

​El apóstol es un hombre entregado al sufrimiento por el futbol. Algunos engordan, pero eso no es un síntoma de tranquilidad, sino, simplemente, de apetito desorganizado.

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Todo es muy raro, caracho, como diría el sabio: “El futbol no siempre premia al mejor, pero jamás olvida al que se atreve”

Gil s’en va


  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
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