Mark Lilla

Ciudad de México /

Gil culpaba de su fatiga a la malignidad del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas, diría el gran clásico. En ésas estaba cuando encontró en una versión digital de su periódico chileno La Tercera una entrevista con el intelectual norteamericano Mark Lilla, ensayista e historiador del pensamiento político, profesor de Humanidades de la Universidad de Columbia. Como un “diagnóstico perfecto” calificó el diario inglés The Guardian su libro El regreso liberal. Más allá de la política de la identidad (2017), en el que establece un diagnóstico acerca del auge de la derecha radical -Trump- y su relación con la izquierda estadunidense.

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Es muy fácil para los estadunidenses pensar que todos sus problemas tienen raíces en Estados Unidos y solo allí. Entonces no prestamos mucha atención a lo que sucede en otros países para poder decir que, en realidad, se trata de un fenómeno que ocurre en todas partes. Y creo que mucha gente en otros países comete el error de pensar que una idea estadunidense es como una especie de covid que se propaga a otros países que necesitan protegerse contra eso.

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Es muy difícil hablar de la izquierda en general, porque tiene al menos dos “casas” y culturas diferentes. Una está en la política electoral y, en ese sentido, las personas de izquierda que realmente tienen que ser elegidas se han vuelto cada vez más realistas sobre lo que deben hacer. Luego está la cultura de izquierda en las universidades. Ahí, la gente que tiene ideas no logra que resuenen afuera, pues tienen sus cátedras y además se dedican a pensar. Entonces, hay una izquierda que está separada de la realidad política que consiste en  ganar elecciones y en gobernar. El objetivo de un movimiento político es gobernar. Si no gobiernas, no haces nada.

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Los jóvenes de izquierda tienden a estar comprometidos con temas particulares. Y forman una especie de comunidad de afinidades en línea para enfrentar temas. Y entonces, en el momento en que eso se logra, o no sucede nada y se dan por vencidos, esa comunidad desaparece.

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Los movimientos sociales son absolutamente necesarios, unen a las personas, les dan energía compartida, y ojalá les ayuden a definir lo que quieren y a articularlo de una manera en que la gente responda. Pero el tipo de democracia que tenemos no es consultiva; no es como si viviéramos con reyes y reinas ilustrados, y cada comunidad va y presenta su caso al gobernante. Nosotros tenemos partidos políticos. Entonces, ¿qué puede cambiar las instituciones y hacer las cosas de otra manera? Los partidos políticos.

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La democracia se trata de persuasión, la forma de fortalecer tu posición es convencer a más personas de que tienes razón. No para pelear. La idea de que estás siempre luchando es un enfoque infantil de la política, como si estuvieras fuera del castillo de Kafka y estuvieras golpeando la puerta y exigiendo que los cambios ocurran. De vez en cuando, te arrojan algunas monedas de oro desde el interior del castillo. No es así: una democracia significa que persuades a la gente porque así lo deseas, y eso ni siquiera significa compromiso. No tienes que ceder si convences a alguien de que tienes razón. Pero esa es una solución que requiere paciencia. Requiere averiguar dónde está tu interlocutor. Debes persuadir, pero hay una falta de voluntad para persuadir debido a una especie de superioridad moral en la izquierda, su talón de Aquiles. Es una incapacidad para ver tus propias limitaciones y fallas, y para tomar en serio el punto de vista de otra persona, no necesariamente para conceder o parchar las cosas, sino para luego acercarlas.

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Estados Unidos está muy mal. Y no es porque Trump vaya a volver ni nada por el estilo. Es que hemos perdido un partido político: solo tenemos un partido político clásico en el país. Y con eso me refiero a un partido que ve que su trabajo es tener un programa que quiere hacer realidad. No sé si la gente se da cuenta de que el Partido Republicano no tiene política exterior. No tiene política económica. No tiene política educativa. No tiene política de bienestar. No tiene política de transporte. No tiene política de desarrollo urbano. ¡No tiene políticas!

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Como todos los viernes, Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se acerca con la charola que soporta el Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular la frase de Lope de Vega por el mantel tan blanco: “Quien gobierna, mal descansa”. 

Gil s’en va


  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
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