Vivir en vecindad

Ciudad de México /

Gil se había metido en una investigación sobre la casa mexicana, ¿cómo vivían los mexicanos, en dónde y por qué? Así llegó a un libro magnífico de Mauricio Tenorio Trillo: Hablo de la ciudad. Los principios del siglo XX desde la Ciudad de México (FCE, 2017). Gamés buscó en los subrayados que marcó hace algunos años y eligió estos.

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“Más que guetos o conventillos, en la Ciudad de México había vecindades: la versión mexicana de la vivienda proletaria de alquiler que se remontaba a tiempos coloniales pero que creció durante el Porfiriato, alcanzando su auge en las décadas posteriores a 1910. A lo largo del siglo XIX varios edificios coloniales en el centro de la ciudad fueron convertidos en vecindades para trabajadores y artesanos de escasos recursos. A partir de la década de 1870, en áreas viejas y nuevas de la ciudad, este tipo de habitación constituyó la respuesta a la creciente demanda de vivienda. Pero también surgieron algunos nuevos barrios proletarios: la colonia de la Teja (1882), la colonia Violante, fraccionamiento de Tepito (1882), la Morelos (1899), la colonia Hidalgo (1899), la Peralvillo (1910), la Buenos Aires (1911), la Portales (1914) y la Argentina (1915), así como barrios proletarios autorizados como La Viga y la colonia de la Bolsa.”

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Para 1920 un estudio del Departamento de Trabajo inspeccionó 116 vecindades de diferente tamaño y llegó a la conclusión de que una cuarta parte de la población vivía en vecindades. La vecindad, pues, era una vieja institución intrínsecamente ligada a la ciudad como el más grande negocio pre y posrevolucionario.

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…la vecindad significaba, en primer lugar, la aglomeración humana, no únicamente en una sola vecindad —que podía alojar a 900 habitantes—, sino dentro de cada uno de los cuartos: el promedio de inquilinos por cuarto era de cinco. En segundo lugar, el significado de vecindad, inevitablemente, más que referir a la intimidad de los pequeños cuartos, refería a sus pasillos y sus entornos y barandas. Los patios eran el centro de toda actividad social y humana (letrinas o excusados comunales, lavaderos y fuentes comunes); en los patios jugaban los niños y en los patios ocurría la seducción y el crimen.

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…en el siglo XX la vecindad se volvió vanguardia artística. Uno de los primeros fotógrafos en aventurar una toma de los grandes zaguanes y patios de las vecindades fue el fotógrafo alemán Hugo Breheme en 1925. (…) En la década de 1910 José Clemente Orozco se mudó por un tiempo a la calle de Cuauhtemotzin —la calle de las prostitutas— y pintó escenas de los entornos de las vecindades, como lo hizo después H. Cartier-Bresson con la cámara.

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A partir de la década de 1890, los agentes sanitarios visitaban periódicamente las vecindades buscando casos de tifo, viruela y tuberculosis. En 1901, por ejemplo, el inspector del cuartel 6, tras haber visitado 272 vecindades, reportó muchos casos de tifo, y recomendó, por tanto, la construcción de letrinas modernas en los patios, así como una campaña para hacer que los inquilinos lavaran la ropa de los enfermos separadamente.

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…la ciudad era un problema y vivir plenamente en sus calles y espacios públicos se convirtió en un síntoma de enfermedad, anomalía y degeneración. En la década de 1890 el criminólogo mexicano Julio Guerrero, al investigar los orígenes y la vida de los prisioneros, clasificó a la población citadina de acuerdo no sólo a la clase social sino también de acuerdo con una rara dicotomía entre una vida y una sexualidad llevadas al aire de la calle, en lo público, y una vida y una sexualidad limitadas al ámbito privado: mientras más cerca de las calles, del afuera, más baja y más promiscua era la gente.

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En 1932 una revisión sociológica de las vecindades concluyó que “la Revolución no ha llegado al corazón de la ciudad”. Así, el gobierno de la ciudad organizó un concurso para un nuevo tipo de interior popular, la “casa mínima”, que se proponía ser todo lo que no eran los cuartos de vecindad. Algunas de estas casas se construyeron experimentalmente en Balbuena: dos recámaras —para separar niños y niñas—, una alcoba principal con espacio para una cuna, un baño y 54 metros cuadrados para la cocina y el comedor. La idea era que con esta vivienda popular los pobres de la ciudad revolucionaria superarían el paradigma de promiscua intimidad de la vecindad.

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Todo es muy raro caracho como diría Tácito: “Comenzó por regir su casa, lo que, para la mayor parte de los hombres, no es menos arduo que gobernar una provincia”. 

Gil s’en va


  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
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