Ahora que releo la Divina Comedia de Dante Alighieri retengo pasajes perturbadores que, por cierto, me tele-transportan a los días felices en que leí ese libro, en traducción de Bartolomé Mitre, en una de las plazas de Lerdo, Durango, con mi musa mayor: era 1985.
Nos encantaba un pasaje del quinto canto del infierno (Círculo II) donde se narra/versifica el desdichado fin de aquellos amantes Francesca de Rímini y Paolo Malatesta.
Como sabemos Francesca casó con Gianciotto, pero se enamoró de su cuñado Paolo. Gianciotto los sorprendió en la maroma y les quitó la vida al instante.
El pasaje es éste: “Mas di: en el tiempo aquel de las venturas/¿cómo y por qué te concedió el amor/conocer las pasiones aún oscuras?” “Y ella me dijo:
“No hay dolor mayor/que recordar el tiempo de la dicha/en desgracia; y lo sabe tu doctor”.
Y, sin embargo, yo deslizo una matización dirían los españoles: esto es válido y absolutamente cierto cuando la herida de la separación o de la pérdida es reciente, cuando está a flor de piel el sufrimiento, mas no cuando han pasado ya varios años y la cicatrización es efectiva e, incluso, benéfica: se recuerda, tras el paso de los años, aquella alegría con una veneración insomne, con una gratitud sin fin.
“No hay dolor mayor/que recordar el tiempo de la dicha/en desgracia”.
Es verdad cuando ese dolor es reciente, pero yo digo, con conocimiento de causa y porque lo viví:
“No hay alegría mayor/que recordar el tiempo de la dicha/tras la desgracia”.