Nacho Padilla in memoriam

Ciudad de México /

La súbita y malhadada muerte de Nacho Padilla me hizo tele-transportarme al año 2002 cuando yo vivía en España y me pidieron que coordinara un número acerca de escritores mexicanos que habían fungido, de algún modo, como agregados culturales en países europeos.

Era un número monográfico de Nueva Revista sobre México. Colaboraron Silvia Molina, Eduardo Langagne, Juan Villoro, Sergio Pitol, Nacho y yo mismo. Cada quien abordó una ciudad emblemática. El primero en enviar su colaboración fue Padilla. Era un bello texto sobre Londres.

Fue la primera vez que intercambiamos palabras, así fuese vía e-mail. Después, cuando yo recalé en México en el año 2003, conocí personalmente a Padilla en la Universidad.

Recuerdo que Alejandro Mendoza fungió como puente para que comiéramos en Los Canarios, frente a la Ibero. Allí conversé con Padilla quien de manera inusual me contó pormenores de su vida como si fuese un amigo secular, eterno.

Entonces recordé la frase de Vinicio de Morais: "los amigos no se hacen, se reconocen". Yo también le conté pasajes de mi álbum privado, familiar. Pasó el tiempo, como dijo el poeta, y pasó un águila sobre el mar.

Me encontraba a Nacho con frecuencia en los pasillos universitarios. Siempre me decía "Don Gil de las calzas verdes". Y luego lo invité a participar en la radio. Hicimos tres programas: uno sobre monstruos y bestiarios medievales, otro sobre Cervantes y uno más acerca de la vida de los encendedores, a propósito de un libro con el que ganó uno de sus múltiples y prestigiosos premios literarios. Después comimos con Nacho, en el mismo restaurante, Leticia y yo.

Hablamos de la grilla intelectual mexicana, de la universidad y, sobre todo, del inmenso amor que Nacho prodigaba a sus hijos.

Luego Nacho fue mi editor. Gracias a Nacho Padilla y a mí entrañable amigo Armando Oviedo yo publiqué Los ojos de la medusa. En la correspondencia tuitera sobresalen algunos mensajes donde el hoy desaparecido narrador, un todoterreno literario con una inteligencia analógica excepcional y con una memoria con antenas, acaso el narrador que estaba llamado a ser el natural sucesor de los himalayas de nuestras letras, se refiere a mí invariablemente como Gil querido.


gilpradogalan@gmail.com

  • Gilberto Prado Galán
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