En estos días se agolpan en mi mente tres palíndromos relacionados con el llanto y con la risa. El primero afirma que es mejor sonreír que reír. Asevera que la risa (“venturas ruidosas que en el fondo son tristezas”, diría el poeta) no tiene la propiedad de sanación, está lejos de ser un ensalmo. Y es éste: “Ana sonríe, reír no sana”.
Ana es el nombre palindrómico por antonomasia. En su honor se han construido carretadas de anacíclicos.
El segundo palíndromo es infinito y tiene que ver con la rareza del llanto (un llanto que se aleja, un llanto que irrumpe, un llanto que sí sana). Y es éste: raro llorar, raro llorar, raro llorar...Y así hasta el infinito.
Y el tercer palíndromo es un consejo infalible, una recomendación que es oro obrizo: Asirnos a la sonrisa. Tengo para mí que es un consejo aforístico de inmejorable prosapia. Se trata de un palíndromo que mi fratelo Jaime Muñoz Vargas bautizó como aerodinámico. ¿Por qué? Porque si no avisas que es un jano retórico el lector no advierte la travesura verbal en un primer contacto con la frase.
Estos tres palíndromos acuden a mi mente según el correspondiente estado anímico. Con menos frecuencia, pero acaso con mayor fuerza, de pronto me asuela un palíndromo del llanto feliz y el estremecimiento. Y es éste: Así reverbero: lloré breve risa.
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