Recuerdo nítidamente que en el año capicúa 2002, cuando vivíamos en Madrid, visitamos la Puerta de Sol:
sí, sí, sí: la que menciona Mecano y donde se celebra fervorosamente la llegada del año nuevo.
A un costado de la Puerta del Sol, se encuentra un hotel y en el pórtico o frontispicio se lee Tío Pepe.
Y abajo está la calle Juan Álvarez Mendizábal donde despunta un negocio de patatas bravas y en la parte alta del negocio destaca la leyenda: “aquí vivió Max Estrella, el protagonista de Luces de Bohemia de Ramón María del Valle-Inclán”.
Así explica Estrella la teoría del esperpento: “La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta”.
Como sabemos: toda la novelística esperpéntica de Valle surge tras la pérdida de su brazo izquierdo en aquel duelo con Manuel Bueno en julio de 1899.
Un mes después le amputaron el brazo. Y luego, en un acto de extrema generosidad, Valle le tendió la mano a Bueno: habían discutido en el Café de la Montaña (en la Puerta del Sol).
Valle-Inclán trató de dar un botellazo a Bueno y éste, iracundo, le propinó un bastonazo al escritor gallego autor de Tirano Banderas. Valle-Inclán tenía 33 años.
Tengo, sobre mi mesa de trabajo, La estética de Valle-Inclán de Antonio Risco (Gredos). Y recuerdo el umbral de “Rosa gnóstica”:
“Nada será que no haya sido antes./Nada será para no ser mañana./Eternidad son todos los instantes,/que mide el grano que el reloj desgrana”: ¡Enorme!