Informe a la nación dividida

Jalisco /
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A partir del rompimiento de la civilidad política en el 88 –o a partir del fraude que llevó a Salinas de Gortari al poder–, los presidentes han tenido que estar a salto de mata para poder informar al país del estado en que se encuentran las cosas.

Salinas decidió crear el ya clásico “ni los veo ni los oigo” que, para ese momento, era una afrenta a la izquierda histórica mexicana: un presidente se ufanaba de no hacer en su universo a la oposición. Nadie hubiera pensado que, décadas después, esa misma izquierda y sus derivados sentirían orgullo de que sus gobernantes realicen la misma dinámica con los que hoy están fuera del poder.

Zedillo intentó ser demócrata y lo arrojaron Muñoz Ledo y Carlos Medina, quienes en distintos tonos pusieron las condiciones para el cambio de régimen.

Fox quiso ser muy sacase punta y su toma de posesión lo convirtió en un merolico divertido pero sin sustancia, sus burlas hacia una oposición lista para el desmán y la erosión paulatina pero efectiva de la popularidad del entonces dicharachero presidente.

Calderón nunca pudo dar su informe en San Lázaro, de hecho estuvo a punto de no poder tomar posesión. El rompimiento fue total y es día que no ha logrado componer el balance.

Peña Nieto ni lo intentó, el creyó que con el Pacto por México tenía todo lo necesario para tener el país en sus manos y que Palacio Nacional era lo suficientemente seguro para poder hacer sus mensajes a la nación sin abollar la investidura. Qué gran error.

Por último, la cuarta transformación. El obradora –primero con López Obrador y después con Sheinbaum– ha decidido cambiar el ritual del informe para estar –dicen– cerca del pueblo. La gran mayoría de las ocasiones es un club de amigos y aplaudidores que terminan por diluirse ante lo tronante o –peor aun– con la normalización de la frivolidad política actual.

AMLO era todo un experto en la conformación de ilusiones colectivas. Sabía cuándo usar pausas, soltar una frase recurrente, algún chascarrillo o incluso un distractor. Ese conocimiento adquirido por recorrer el país y saber los resortes de las comunidades le dieron las herramientas para exponenciar su carisma y, con ello, hacer que la propaganda fuera efectiva si se sostenía de él y sólo de él.

Sheinbaum es otra cosa. La falta de chispa hace que las pausas en su discurso no parezcan error sino enfermedad, la voz pausada y calmada no provoca seguridad sino flojera o enfermedad, el tono de voz alto parece descontrol y no poder e influencia.

El informe del martes pasado adoleció de fuerza, sentido, estructura y dirección. Era una vez más un recuento de mañanera donde Sheinbaum leía con dificultad los avances y logros de su gobierno engarzado con el de López Obrador.

Un informe donde los nombres de los sospechosos comunes fueron rasurados para no causar suspicacia o señalamiento, pero la ausencia terminó por manchar el objetivo. El “pueblo bueno” entendió al miedo de enfrentar el mayor desafío que tiene el gobierno actual: la colusión de narcotraficantes con políticos en funciones de administración pública.

No, no fue suficiente que no se invitara a los más sucios personajes del régimen, los mensajes velados de ese tipo ya no dan la fuerza necesaria para ser resorte de popularidad.

Las encuestas internas sugieren que la población votará por MORENA ante la ausencia de otras apuestas cuya percepción sea más honesta, pero la ciudadanía sabe que el partido está infestado, se nombre o no a los criminales que están en su interior.

Infección que no logrará curarse vía propaganda.


  • Gonzalo Oliveros
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