El silbato de La Maestranza marcaba algo más que el inicio de la jornada. A su llamado, cientos de trabajadores cruzaban los portones; cuando estos se cerraban, nadie podía entrar hasta una hora después. Adentro comenzaba otra vida, entre martillos, tornos, el humo de la fundidora y el olor a aceite de las máquinas.
Hace unos días conversamos con siete personas que conocieron aquellos talleres. Sus recuerdos nos llevan más allá de las máquinas y los edificios, hacia los oficios, las costumbres y los personajes que formaron parte de la vida cotidiana de Pachuca.
José Luis Islas Guerrero llegó a principios de los años setenta, cuando tenía apenas once o doce años. Quería aprender un oficio, pero por su edad no lo aceptaron ni en la fundidora ni en la pailería. Le dieron una escoba y empezó recogiendo las virutas que dejaban los tornos y las fresadoras. Don Francisco Muñoz, del área de perforadoras, comenzó a enseñarle el manejo de las máquinas. Después aprendió a cromar piezas y, con don Salvador Gutiérrez, encargado del almacén, conoció el control de los materiales.
Los sábados tenían su propio movimiento. Don Pedro y el señor Monroy entregaban los sobres con la paga semanal. Afuera, junto a las vías del ferrocarril, se instalaban vendedores de ropa, cobijas y muebles a crédito. Los cobradores llegaban con sus libretas para recibir los abonos. A veces no hacía falta firmar nada; la palabra del trabajador bastaba.
José Luis recuerda a don Juanito, el Sansón, que vigilaba los portones y organizaba bailes con sus discos y bocinas; al señor Pascoe, siempre de traje, encargado del movimiento ferroviario con Real del Monte, y a El Pollo, mecánico que reparaba los camiones de las minas y organizaba las fiestas guadalupanas.
Una tarde le preguntó a El Pollo qué había hecho de su vida. «Aquí me la paso, viendo pasar la vida», le respondió. Aquella frase se quedó con él. Tiempo después salió de La Maestranza para continuar sus estudios.
Hoy, aquel conjunto industrial sigue en pie gracias al esfuerzo de quienes han procurado su conservación. Merece especial reconocimiento el doctor Eduardo Javier Baños Gómez, cuyo empeño por rescatar La Maestranza, mantenerla y abrir sus puertas ha permitido que este patrimonio vuelva a encontrarse con los pachuqueños. Su labor recuerda que conservar un edificio histórico no consiste solamente en proteger sus muros, sino también en recuperar las historias de quienes le dieron vida.
Escuchar a sus antiguos trabajadores dentro de aquellos talleres tiene un significado especial. Allí permanecen sus recuerdos, sus oficios y buena parte de la memoria obrera de Pachuca. Una historia que todavía tiene mucho por contarnos.