El sábado pasado caminamos por Pachuca siguiendo la huella de los hermanos Cravioto. No fue solamente un recorrido por edificios y calles: nos acompañaron descendientes de la familia, cuyas anécdotas y testimonios nos permitieron mirar de cerca una historia que suele contarse desde los libros y de los periodos gubernamentales de Hidalgo.
Todo comenzó el 26 de noviembre de 1876. Tras el triunfo del Plan de Tuxtepec, Rafael Cravioto asumió el mando político y militar de Hidalgo. El poder pasó después a sus hermanos: Rafael gobernó de 1877 a 1881; Simón, de 1881 a 1885; Francisco, de 1885 a 1889, y Rafael regresó hasta 1897. Entre ellos hubo interinos, como Ignacio Nieva, Ramón Riveroll y Francisco Valenzuela.
Mientras recorríamos la ciudad, era inevitable pensar cuánto cambió Pachuca en esos años. Llegaron los ferrocarriles, crecieron las comunicaciones telegráficas, circularon los tranvías y, en mayo de 1888, apareció la luz eléctrica incandescente. La minería impulsaba ese crecimiento, aunque la modernización convivía con profundas desigualdades sociales.
En la Plaza Constitución nos detuvimos ante el monumento a Miguel Hidalgo. Su primera piedra se colocó el 10 de junio de 1886, durante el gobierno de Francisco Cravioto; la obra de Cayetano Tangassi fue inaugurada el 1 de abril de 1889. La investigadora Sara Montes Romero documenta que bajo aquella piedra quedó una urna con un acta, monedas, un calendario y el plano del monumento.
También están la residencia de Rafael, hoy Foro Cultural Efrén Rebolledo; la casa que habitó Francisco, actual Archivo General del Estado, y el antiguo Palacio de Gobierno. Son lugares que vemos a diario, aunque pocas veces nos detenemos a preguntar qué historias guardan.
No todo fue progreso. La concentración y el abuso de poder alimentaron conflictos que deterioraron la relación de los Cravioto con el presidente Porfirio Díaz Mori. En 1894 desapareció el periodista Emilio Ordóñez, preso en Pachuca, circuló la versión de la presunta incineración de sus restos en el horno crematorio de animales. Su destino no quedó esclarecido, en 1897 terminó aquel largo predominio familiar.
Escuchar a sus descendientes nos recordó algo esencial: la historia no está encerrada en los monumentos y, a 150 años de aquella llegada al poder, conocer este periodo no significa idealizarlo, sino reconocer lo que se construyó, comprender sus contradicciones y, sobre todo, no olvidar lo que ocurrió detrás del poder durante el porfiriato en nuestra entidad.