Qué bueno que están realizando foros para armar bien la propuesta de seguridad. Aquí va una sugerencia-aporte, que puede ayudar a ordenar la marabunta de opiniones y propuestas que se harán en los más de 40 foros.
Se trata de definir muy bien cuáles deben ser los objetivos de la política de seguridad. Aunque parezca una obviedad, la ausencia de uno o varios objetivos perfectamente bien definidos —si se utilizan conceptos generales o muy vagos, sin precisar de qué se trata, equivale a no tener objetivos— conduce a no tener rumbo ni brújula que orienta las acciones. Una política sin un objetivo claro y preciso producirá acciones ineficaces, sin sentido y hasta resultados contraproducentes.
Hasta el momento, de los discursos en la materia tanto de AMLO como de Sánchez Cordero y Durazo, se podría deducir que la pacificación del país sería el gran objetivo. Sin embargo, aunque suena atractivo y diferente a lo planteado anteriormente, tiene dos grandes problemas. El primero es su significado: ¿qué se entiende por pacificar el país? Como el concepto tiene una referencia bélica, el significado obvio es que termine la guerra. Pero, de verdad ¿estamos en guerra? ¿De qué tipo y entre quiénes?
Creo que asumir que el país está en guerra es un supuesto derivado más de prejuicios políticos (el rechazo tajante a lo hecho por Calderón, principalmente) que de realidades. Por muy utilizadas y difundidas que sean las expresiones de la “guerra de Calderón” o “guerra contra el narco”, creo que son inexactas para dar cuenta de lo que sucede en materia de violencia e inseguridad.
Quienes sostienen que sí hay una guerra se basan en la participación de las fuerzas armadas en la lucha contra las organizaciones del crimen organizado y suponen que la violencia se genera fundamentalmente desde los agentes del Estado contra las bandas criminales; sin embargo, los muertos en enfrentamientos entre fuerzas del Estado y presuntos miembros de bandas delictivas no superan 10 por ciento del total de homicidios. Incluso hay quienes sostienen que el uso del Ejército y la Marina es una estrategia cuya finalidad es llevar a cabo un “genocidio social” y que la Ley de Seguridad Interior es el paso previo para la militarización total del país.
Absurdos aparte, suponiendo que la inseguridad es causada por la guerra del Estado contra las organizaciones criminales, las guerras terminan de dos maneras: una parte derrota a la otra; la destruye por completo y ésta se rinde, o ante la imposibilidad de triunfo de cualquiera de los contendientes, pactan el fin del conflicto. El problema es que el crimen no es derrotable por completo. Aquí y en ningún país del planeta. Se combate y elimina estratégicamente a las organizaciones más lesivas y dañinas, y al resto se le contiene y administra desde la posición de fuerza superior del Estado.
Pactar una “convivencia” directamente con ellos no solo es irrealizable de manera permanente y estable, sino contraproducente para el Estado y la sociedad, ya que las organizaciones criminales seguirán depredando a la sociedad y a las instituciones del Estado, por lo que una “paz” pactada significa, de facto, vía libre para que se fortalezcan y empoderen en el corto, mediano y largo plazo. El poderío que tiene ahora el crimen organizado es precisamente el resultado, en buena medida de la “paz y la convivencia” pactada (deliberadamente o no) durante las últimas décadas del siglo pasado.
Por tanto “la guerra” no parece ser el concepto adecuado para dar cuenta de lo que ocurre en materia de inseguridad, y la pacificación como objetivo de la política de seguridad tampoco se presta para definir los instrumentos más adecuados para lograrlo. Además, parece no haber ninguna correspondencia entre los instrumentos que se están planteando —por ejemplo, escuchar a las víctimas, promulgar una amnistía limitada, legalizar la mariguana, crear una comisión de la verdad y priorizar la prevención social— y la pacificación o incluso la reducción de la violencia.
Pareciera que se confunde el análisis de los medios con el de los fines. Esa confusión enreda la discusión, pues no se sabe bien a dónde se quiere llegar. Por tanto, sugiero que se propongan objetivos más claros y directamente vinculados con el fenómeno de la inseguridad y las violencias, no con una guerra que no está ocurriendo. Pero eso será materia de otro texto.
¿Se puede pacificar el país?
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Guillermo Valdés Castellanos
México /
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