A muchos cautivó la película Joy, de la realizadora alemana Sudabeh Mortezai. Tan es así que se adjudicó el premio Europa Cinemas Label al mejor filme europeo en las Giornate Degli Autori del Festival de Venecia, así como el Premio a la Mejor Película en el reciente Festival de Londres. De acuerdo con una reseña, el largometraje de ficción “desnuda las vergüenzas de una Europa ciega ante la realidad de cientos de mujeres nigerianas obligadas a ejercer la prostitución”. Si nos ceñimos a esta crítica, podríamos calificarla como una joya e inscribirla como un clásico. El inicio de la cinta no defrauda porque es contundentemente dramático y estremecedor: Precious es una joven nigeriana que se somete a un ritual de protección vudú antes de embarcarse a Austria, donde ejercerá voluntariamente como prostituta. A partir de entonces somos testigos de una lamentable realidad a través del retrato de esclavitud sexual de las inmigrantes nigerianas. Si Precious quiere obtener su libertad deberá pagar una deuda de 60 mil euros. Ante ese panorama, Joy, otra nigeriana que está a punto de saldar su deuda luego de prostituirse por varios años, se hace cargo de la recién llegada, que a pesar de saber a lo que iba, desiste y solicita a su madame que la emplee en otra cosa, como labores domésticas, a fin de pagar. Por supuesto que su petición no será atendida y debe abonar mil euros mensuales, que es la tarifa impuesta a todas las nigerianas que comparten una vivienda humilde. Sudabeh Mortezai utiliza su película como arma política, como una denuncia implícita de lo que acontece con respecto a la inmigración ilegal: decenas de jóvenes que caen en una trampa en aras de proporcionar a su familia una vida digna. La primera parte del filme se centra en Precious y, paulatinamente, Joy cobrará mayor protagonismo hasta el punto en que se cuestione su posición como responsable y como víctima, pues se entrevé la posibilidad de que denuncie ante las autoridades a la madame una vez que salde su deuda. Al muy clásico estilo del cine europeo, las escenas son largas, lánguidas y con pocos diálogos. Aquí vale la pena rescatar la interpretación de las actrices que matizan las emociones a través de sus rostros que casi no pronuncian palabras. No quiero estropear el gran trabajo social y artístico de Mortezai y su equipo, pero infortunadamente la trama retratada, aunque terrible, no se acerca a la que se vive en Latinoamérica, cuyo desenlace es más funesto que el que ofrece Joy (alerta de spoiler): ya quisieran muchas mujeres ser libres como Joy luego de pagar su deuda.
Joy
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Gustavo Guerrero
Ciudad de México /
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