M+.- A propósito de mi columna sobre el atraco que se cocina en torno al predial metropolitano, me escribe un inteligente y buen amigo, sorprendido por lo que llama mi libertarianismo texano, con lo que quiere decir que rechazo la regulación estatal y veo los impuestos como formas de despojo.
No rechazo los impuestos, ni la regulación estatal. Lo que rechazo es el impuesto predial metropolitano que se cocina hoy y a los gobiernos que quieren imponerlo.
Digamos que el estatismo tropical dispendioso de los gobiernos morenistas, y su rampante corrupción, me han vuelto un libertario primitivo que está contra este impuesto predial y contra esta regulación del suelo urbano.
¿Impuestos para Brugada y los gobiernos metropolitanos de Morena? No, ninguno que yo quiera dar.
¿Mejoras que puedan esperarse de Brugada y de la 4T por un alza del impuesto predial y una regulación discrecional de la propiedad raíz? Ninguna, a mi juicio.
¿Trampas, malversaciones, corruptelas que podemos esperar de estos gobiernos con más dinero? Todas las conocidas, y las que inventen en la semana.
Los gobiernos de Morena han malgastado y mal invertido todo. Ahora necesitan más. Que se lo quiten a sus clientelas, que lo descuenten de los subsidios que dan a sus obras insignias y al hoyo negro de Pemex.
Que gasten bien lo que tienen, antes de pedir más a la sociedad.
Nuestro problema: los gobiernos estatales y el gobierno federal que cocinan a las callanadas este impuesto atentatorio, pueden imponer los cambios legales y constitucionales que el impuesto necesita.
Porque el gobierno federal morenista no tiene contrapeso legislativo. Goza de mayorías constitucionales mal habidas, que usó abusivamente para cambiar la Constitución sin convocar a un Congreso Constituyente.
Legalizar el predialazo será pecata minuta para esa mayoría constitucional, ganada en la postelección de 2024, mediante una lectura facciosa de la reglas de sobrerrepresentación que le permitieron al gobierno adjudicarse 74 por ciento de las curules en el Congreso con sólo 53 por ciento de los votos.
Ese es el atraco fundador de la hegemonía morenista, del que se siguen todos los otros.