M+ Hay una disonancia cognitiva en los baños de pureza que se da Morena mientras les cae encima el agua sucia.
No hay casualidad en la abundancia del agua sucia. Es la consecuencia directa de especialidades políticas morenistas: concentrar el poder, destruir controles y contrapesos, no rendir cuentas, sostener pactos de impunidad a cambio de lealtad.
Es el modelo de ejercicio de poder de López Obrador, cuyo clímax oratorio es decir que Morena sostiene los principios opuestos a su praxis: no mentir, no robar, no traicionar al pueblo.
Ahí explota la disonancia cognitiva. Un día sí y otro también saltan a la vista los excesos de los morenistas en el poder, y de sus aliados, un verdadero carnaval de abusos: contratismo multimillonario bajo la mesa, desvíos y asaltos al presupuesto, complicidades criminales, parvadas de nuevos ricos y simple ilegalidad.
Entre más nutrido el carnaval de la corrupción, más morenistas diciendo que no la toleran, que han acabado con ella, que la cascada de agua sucia que los baña viene de la derecha.
Es el discurso de lo que habría que llamar “la impolutez oratoria de Morena”, la audacia de querer limpiar con la boca lo que ensuciaron con las manos, mediante el simple recurso de decir que no toleran la suciedad.
El agua sucia sigue cayendo a jicarazos, sin embargo, porque viene de una fábrica muy bien construida. Una fábrica de poder sin contrapesos, de impunidad a cambio de lealtad y de dinero libre para la política, lo que incluye el compromiso de robar para la corona, vecino del permiso de robar para sí.
Mutatis mutandis, todo lo sucedido en el INE sucede en otros reinos de Morena, igual en los gobiernos locales que en las instancias federales, en el nuevo Poder Judicial y en las redes de criminales y contratistas alimentados por Morena.
La corrupción de Morena es una nueva liga en la historia de la corrupción de México. En esto el morenismo ha resultado ser la fase superior del priismo.
El INE de Taddei es un buen espejo de esa superioridad histórica.