Si no les gustan mis aranceles, tengo otros. Así podríamos definir —parafraseando al inefable Groucho Marx— la situación que se da con el revés que sufrieron los aranceles impulsados por Donald Trump debido a un fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos, pero que no representan el fin de los mencionados aranceles sino su cambio por otros. Ahora se habla de un arancel global del 10 por ciento o incluso del 15 por ciento, según las primeras o las segundas declaraciones. Lo cierto es que con unos aranceles o con otros, la incertidumbre no sólo se mantiene sino que se reinventa y esto genera especulaciones y ansiedades.
Desde hace más de un año que el escenario para el comercio internacional es incierto debido a los aranceles, la guerra comercial con China y, en general, el entorpecimiento de los intercambios comerciales en diferentes sentidos, teniendo a Estados Unidos como el epicentro arancelario. Y esto se da en un contexto que no es el más favorable para los países latinoamericanos que se encuentran atrapados en tasas de crecimiento insuficiente, apenas por encima del dos por ciento al año en los últimos cuatro años, y por debajo del uno por ciento si consideramos el periodo de 2015 a 2024.
Con una desaceleración general de las economías latinoamericanas y con la enorme necesidad de crecer a tasas importantes, de asegurar inversiones y de generar empleos de calidad, el escenario incierto es poco propicio para países que se acostumbraron a depender de las exportaciones de pocos rubros hacia pocos mercados. Cuando los grandes compradores de materias primas e insumos, como China, Estados Unidos y los países europeos, disminuyen su demanda, los primeros que sufren son los latinoamericanos que, además, no han desarrollado la capacidad propia de crecer desde dentro.
Los anuncios de nuevos aranceles para reemplazar a los viejos le suman incertidumbre a un contexto que ya era poco certero: México se mantiene con cautela en espera de “las letras pequeñas”, en tanto los demás países también están a la expectativa de las nuevas reglas. Lo que todos quieren saber es bajo qué condiciones podrán comerciar y si estas representarán una ventaja o al menos una desventaja no demasiado onerosa.
Pero si miramos un poco más para atrás nos encontraremos con que hoy se habla de incertidumbre debido a los aranceles, pero antes se hablaba de lo mismo debido a los cambios de administración, los conflictos bélicos, las especulaciones con el petróleo, las burbujas tecnológicas o la reconfiguración geopolítica tras el fin de la guerra fría. Incertidumbre siempre hubo, aunque con matices y profundidades diferentes.
Es la certeza la que nos falta trabajar: encontrar la fórmula de dinamismo interno que permita que las economías sean menos dependientes, más fuertes y más resilientes. Nos falta la certeza de invertir en lo que más construye: la educación, la ciencia y la tecnología, la investigación, la innovación, el emprendimiento y la creatividad. La incertidumbre es inversamente proporcional a las certezas que construimos.