El avance de la precariedad en el mercado laboral ha sido incontenible en las últimas décadas. Como bien lo documentó el sociólogo alemán Ulrich Beck en su libro “Un nuevo mundo feliz”. La precariedad del trabajo en la era de la globalización, la tendencia apunta a que los empleos se vuelvan cada vez más precarios, más inseguros, con ingresos inciertos y con poca previsibilidad. Si bien se trata de un fenómeno de alcance mundial, en América Latina lo vivimos como una profundización de las condiciones del mercado de trabajo que, ya de por sí, tiene una informalidad que fácilmente alcanza a la mitad de los empleos.
Si los puestos considerados como estables, formales y con prestaciones se han vuelto cada vez más precarios, con salarios que pierden su poder adquisitivo frente a un mundo cada vez más caro, imaginen lo que pasa en el sector de la informalidad. El trabajo que no tiene certezas en cuanto a estabilidad e ingresos, que no garantiza un seguro para atender casos de salud, y que no permite construir en el mediano y largo plazo porque nunca sabe cuándo se acabará, no sólo hace que se viva en condiciones precarias sino que limita la movilidad social y frena los intentos por disminuir la pobreza y las desigualdades.
Un caso representativo es el mexicano: 55 por ciento de los empleos se encuentran en la informalidad, lo que significa más de 33 millones de trabajadores que no tienen prestaciones, seguro ni ingresos estables. Y en un mercado laboral con salarios bajos, un resultado preocupante es que 34 por ciento de los trabajadores vive en pobreza laboral: los ingresos que perciben no alcanzan para cubrir los costos de la canasta básica. Y aunque hay una recuperación muy importante del salario mínimo en los últimos años, el deterioro de la calidad de los empleos sigue siendo enorme.
Cuando vemos los informes de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) que hablan de décadas perdidas para la economía latinoamericana, así como de que estamos en una trampa de escaso crecimiento económico y de dependencia de materias primas y pocos rubros de exportación, más que en los grandes indicadores debemos pensar en la calidad de los empleos y en tratar de responder la gran pregunta: ¿cómo recuperamos los buenos empleos?
En un mundo que sigue la tendencia de precariedad laboral, las estrategias de crecimiento y de generación de trabajo en forma inercial no son suficientes. No basta con los indicadores de creación de puestos de trabajo si estos no recuperan su calidad, si no pueden garantizar buenos salarios y, fundamentalmente, si no pueden ser una oportunidad real para la movilidad social, para que las personas que trabajan puedan mejorar sus condiciones socioeconómicas.
Cuando se tracen políticas públicas, cuando se negocien impuestos e incentivos para la inversión, cuando se faciliten condiciones para proyectos, emprendimientos y negocios, hay que pensar en que los empleos sean de buena calidad, que cumplan una función social para la gente y no sólo sean cifras que se recitan y se olvidan.