Las perspectivas para la economía latinoamericana no son las mejores en 2026: la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) estima un crecimiento de 2.3 por ciento, lo que en términos prácticos significa un estancamiento luego de la pandemia, ya que las cifras han sido similares en los últimos cuatro años. En tanto los datos para México tampoco son los mejores: el Banco Mundial acaba de recortar a 1.3 por ciento el pronóstico de crecimiento para este año, mientras que hace algunos meses la expectativa era de un repunte de 1.6 por ciento.
En promedio, los países latinoamericanos tendrán un dinamismo moderado este año. Y dentro de ese crecimiento modesto, México es uno de los países con las menores expectativas. En este contexto, el hecho de que las economías no crezcan lo suficiente tiene diversas consecuencias, entre ellas una igualmente insuficiente generación de puestos de trabajo. De acuerdo a la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la creación de empleos aumentará 1.3 por ciento con relación al año anterior, aunque esta cifra no alcanza para cubrir la demanda de la fuerza laboral.
Si la economía no crece lo suficiente, si no se concretan las inversiones que impulsen proyectos y emprendimientos, un resultado lógico es que el mercado de trabajo se resienta, que no aparezcan suficientes empleos formales, que no mejore la calidad de los puestos, y que la informalidad siga siendo el sector preponderante para las personas que necesitan trabajar. Los empleos informales representan alrededor del 50 por ciento del mercado laboral en América Latina, lo que significa que millones de trabajadores no tienen prestaciones de ley, ni seguro ni estabilidad ni ingresos fijos.
Y además de esto hay que considerar que el mercado laboral se encuentra en una reconversión acelerada y que las oportunidades se vuelven especializadas y orientadas hacia algunos sectores. Para 2026 se estima que la demanda de empleo no será generalizada sino que apuntará con más fuerza hacia la tecnología especializada, la digitalización, las finanzas, las manufacturas avanzadas y los empleos vinculados a los servicios y el turismo. En tiempos de la economía del conocimiento y la inteligencia artificial, los empleos se están reinventando y eso obliga a que los trabajadores también lo hagan.
La gran cuestión de fondo es que necesitamos de los empleos de calidad para mejorar las condiciones de vida de millones de personas. Alrededor de 170 millones de latinoamericanos viven en situación de pobreza, y otros tantos millones viven en el umbral de la pobreza, a merced de cualquier imprevisto como puede ser la pérdida del trabajo. No sólo se requiere que nuestras economías superen la trampa del escaso crecimiento sino que se reinventen estrategias para que el trabajo recupere calidad y que los ingresos de los trabajadores representen una verdadera oportunidad para salir de la pobreza, para vivir mejor y para construir estabilidad. El empleo es demasiado importante como para dejarlo escondido detrás del crecimiento.