El conflicto en Oriente Medio con el cierre del Estrecho de Ormuz, por donde pasa -o pasaba- la quinta parte del petróleo que se comercia en el mundo nos ubica en un nuevo escalón de la incertidumbre: ahora la imprevisibilidad apunta a los precios de las gasolinas y todas las consecuencias directas e indirectas para la logística y el costo de una gran cantidad de productos. La guerra en Irán complicó todavía más la incertidumbre en la que ya se desenvolvían las economías, entre aranceles, subas de precios, guerra comercial y un cambio intempestivo de las condiciones.
Cada día que pasa sin que se resuelva el conflicto en Irán tiene un impacto económico en el presente, con la suba de los precios, y en el futuro aunque no sabemos a ciencia cierta cómo sufrirá el mercado por las consecuencias de los problemas de abasto de petróleo. No sólo se trata de la inflación, que ya de por sí está volviendo a generar indicadores de susto, sino de las dificultades para proyectar, presupuestar, invertir, negociar y dinamizar las economías. Así como la pandemia rompió todos los presupuestos y las previsiones, la incertidumbre sobre el abastecimiento y el costo del petróleo deja en ascuas todos los cálculos y previsiones que se tenían a principios de año.
Si pensamos desde las economías latinoamericanas, las consecuencias de la guerra ya se están notando en la suba de los precios de los productos de consumo básico y esto se da justo en el momento en que el crecimiento es lento y moderado. Los pronósticos que apuntan a que la región crecerá en promedio entre 2.3 por ciento y 2.4 por ciento en 2026, de acuerdo al Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), también están en revisiones a la baja porque hay síntomas de desaceleración y la incertidumbre no contribuye a mejorar la situación.
En el caso de México tenemos una economía que sigue creciendo pero a un ritmo insuficiente, inferior al promedio latinoamericano. Y en este contexto hay afectaciones importantes sobre todo en la generación de empleos, ya que no se están creando suficientes puestos de trabajo formales pero sí hay una expansión hacia la informalidad. El 54 por ciento de los empleos en el mercado son informales, lo que significa que la mayoría de los trabajadores no cuenta con prestaciones, seguro social ni la certeza de ingresos estables. Con la incertidumbre internacional y con el crecimiento débil, es poco probable que se den mejorías importantes en el mercado laboral.
En estos tiempos de incertidumbre las economías deben operar con pulso de neurocirujano para contener el embate de los precios, por un lado, y evitar así que la inflación frene la recuperación pospandemia, en tanto por el otro lado se debe buscar la manera de incentivar las inversiones y construir economías más dinámicas desde dentro. La incertidumbre no se ha ido en los últimos años sino que muta en forma imprevista. Ante esto hay que construir certezas internas, con lo que sabemos y tenemos.