Uno de cada cuatro latinoamericanos se encuentra en situación de pobreza, lo cual equivale a decir que 162 millones de personas de la región se encuentran en dicha condición. Uno de cada diez latinoamericanos está en pobreza extrema, lo cual equivale a 62 millones de personas. Sin embargo, pese a lo que parece, se trata de las mejores cifras que se han tenido sobre la pobreza latinoamericana desde que se tienen registros comparables, de acuerdo a los datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). La pobreza es un mal endémico para esta parte del mundo pero en los últimos años ha habido una mejoría importante.
La Cepal establece que pese a la reducción de la pobreza en América Latina se mantiene una profunda desigualdad: el 10 por ciento de la población más rica concentra el 34.2 por ciento de los ingresos en tanto el 10 por ciento más pobre se queda con apenas 1.7 del total de los ingresos. Esto se nota fundamentalmente en la enorme diferencia de ingresos entre las poblaciones urbanas y las rurales. El escenario de la desigualdad sigue condicionando la distribución de ingresos, riqueza y oportunidades.
Si miramos en el tiempo resulta muy llamativo que la pobreza -medida en indicadores- se haya reducido en el contexto de la trampa del escaso crecimiento económico y de elevados niveles de informalidad. Entre 2015 y 2024 el promedio de crecimiento latinoamericano fue de apenas 0.9 por ciento, por lo que la Cepal consideró este periodo como una segunda “década perdida”, emulando la que se dio en los años 80. A la par de estos resultados, la informalidad en el mercado laboral sigue rondando el 50 por ciento. O sea, uno de cada dos trabajadores no cuenta con seguro, prestaciones ni certezas en cuanto a ingresos y estabilidad laboral.
La situación es curiosa de describir. Parece que la economía latinoamericana se mueve pero no mejora, o mejora algo pero en realidad casi no se mueve. Algo así como si en el mismo escenario se reacomodaran los indicadores y por un momento la pobreza disminuye aunque la informalidad crezca, que el crecimiento se modere mientras la desigualdad se profundiza, o que algunos países reduzcan sus malestares mientras otros los incrementan. Pero el escenario sigue sin encontrar un cambio importante que permita pensar en una mejoría consistente para todos.
Lo que pasa en México es fiel reflejo del escenario latinoamericano: mejora en cuanto a resultados contra la pobreza pero no puede romper el cerco del escaso crecimiento económico ni de la insuficiencia de empleos formales. Pese a incertidumbres y contextos internacionales complejos la economía se mueve pero no tanto, se generan oportunidades pero no las suficientes. Tanto en América Latina como en México hace falta el gran salto, el cambio hacia el futuro de una economía más fuerte en un escenario menos desigual. Y ese salto viene con planificación, educación, ciencia y conocimiento.