Las humanidades en tiempos de la IA

Ciudad de México /

Se ha puesto muy de moda el consejo: “estudia algo útil: STEM, ingeniería, programación”. Como si la IA fuera a convertir el mundo en un laboratorio y el resto en decoración.

La ironía es que algunas voces cerca del epicentro de la IA dicen lo contrario. Daniela Amodei (Anthropic) ha insistido en que, justo porque la IA hará cada vez más tareas técnicas, las cualidades humanas serán más críticas: comunicar, colaborar, tener juicio. El argumento no es romántico: es económico. Si la máquina te da respuestas, lo que te distingue es formular mejores preguntas y decidir con ambigüedad.

No todo el mundo coincide. En Davos, Alex Karp (Palantir) advirtió que la IA “destruirá” empleos asociados a humanidades y que esa formación será cada vez más difícil de “vender”. El desacuerdo es útil: nos obliga a dejar de discutir “humanidades sí/no” como un gusto personal y a pensar lo importante: ¿para qué sirve un ser humano cuando el conocimiento deja de ser escaso?

Sirve, al menos, para tres cosas que la IA todavía no puede garantizar, aunque las imite.

Primero, sentido. La IA produce texto, pero no produce propósito. Puede escribir un discurso; no puede responder por él. En política pública, empresas o tribunales, lo decisivo no es solo “qué se puede hacer”, sino “qué se debe hacer” y “qué consecuencias aceptamos”. Las humanidades entrenan dilemas, no recetas.

Segundo, legitimidad. En decisiones automatizadas (crédito, empleo, seguridad, salud) la pregunta no es solo si un sistema acierta, sino si es justificable. La legitimidad se construye con razones públicas y reglas entendibles. Ahí las humanidades no son adorno: son infraestructura cívica.

Tercero, imaginación. La IA generaliza lo probable: aprende del pasado y lo reproduce con brillo. Pero la historia cambia por lo improbable. Las humanidades entrenan ese músculo: ver lo que falta y nombrar lo que no está.

En México esta discusión no es académica. Es laboral y es política. Nuestro problema no es falta de tecnología: es falta de instituciones que funcionen, de confianza, de conversación pública que no sea puro grito. Si la IA hace más fácil producir textos, imágenes y “pruebas”, también hace más fácil llenar el espacio de ruido. Y ahí la ventaja no será “saber usar la herramienta”, sino tener criterio: distinguir lo cierto de lo creíble y traducir conflictos en acuerdos.

La defensa de las humanidades, entonces, no es nostalgia. Es estrategia. En la era de la IA, lo más “útil” puede ser precisamente lo que nos enseña a no obedecer ciegamente a lo que parece útil.


  • Héctor Faya
  • Fundador de Aurora Policy Solutions y profesor de IA y derecho en la Ibero CDMX.
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