Ahorcados

  • Sentido contrario
  • Héctor Rivera

Ciudad de México /

Wilhelm Keitel se estremeció, pataleó, gimió y trató de maldecir sin poder expresarse con claridad. Jefe del Comando General del Ejército con grado de mariscal, prácticamente segundo de Adolfo Hitler en el mando militar, había firmado en Berlín en 1945 ante los mandos rusos la rendición de los ejércitos alemanes que ponía prácticamente punto final a una larga y sangrienta guerra. El cadáver de Adolfo Hitler todavía yacía humeante a las puertas de su búnker mientras Keitel cumplía su última misión. Un año después, un verdugo estadunidense maloliente y con el uniforme sucio y arrugado trataba de acabar con su vida en un patíbulo prácticamente improvisado en el gimnasio del Palacio de Justicia de Núremberg. Keitel había sido condenado a muerte por el tribunal que juzgó en esta ciudad imperial alemana las acciones de funcionarios, oficiales y simpatizantes del gobierno nazi al finalizar la contienda. Pero el mariscal que cargaba sobre sus espaldas las burlas frecuentes por su servilismo ante Hitler se negaba a morir. Se columpiaba en el aire mientras los fiscales, abogados, periodistas y oficiales de los ejércitos aliados que presenciaban la ejecución permanecían con el alma en un hilo. Si Keitel estuvo balanceándose en el aire con el cuello medio roto tras unas pudorosas cortinillas durante 24 eternos minutos no fue por una equivocada acción de justicia divina, sino por las malas artes de un verdugo escasamente riguroso y desprovisto de talento profesional.

Aquellos días fueron de bajas pasiones, de odios, rencores, traiciones, filias y fobias. Más de un talento brillante quedó atrapado en el vértigo de los juicios por haber tenido la mala suerte de pasar frente a Hitler en un momento inoportuno. Muchos evadieron a la justicia con lágrimas y sufrimientos aparentes y hubo quienes buscaron la muerte por sus propios medios. Pero quienes fueron ejecutados por un verdugo como John C. Woods sufrieron más de una muerte por sus malos modos. Hay quien dice que este sargento de las tropas estadunidenses controlaba a su gusto el cadalso y las cuerdas para prolongar los sufrimientos de los ejecutados. Se presume que arreglaba las cuerdas de manera que los condenados se golpearan en la cara al momento de caer por la trampilla del patíbulo o para prolongar su asfixia mientras pendían de la cuerda. Mucho supo de eso Keitel durante su eterna agonía. Tal vez los rumores sobre las malas artes de Woods llegaron hasta la celda de Hermann Göring, porque el comandante de las fuerzas aéreas nazis consiguió tragarse un par de horas antes de su cita en el patíbulo la cápsula de cianuro que le hicieron llegar unas manos piadosas.

Rudolf Hess, el siniestro comandante del campo de exterminio de Auschwitz, escapó de las manos de un verdugo desaliñado y vulgar después de ser condenado a cadena perpetua por el tribunal de Núremberg. Pasó 41 años contando los ladrillos en la solitaria prisión berlinesa de Spandau hasta que un día, medio muerto de aburrimiento, evadió la vigilancia de unos 700 militares que lo cuidaban, ató un cable de luz a una ventana y se colgó en un controvertido suicidio. Tenía 93 años y evocaba quizá día tras día la figura rechoncha del verdugo Woods, que pudo evitarle el doloroso castigo de la soledad y el silencio. Y tal vez este lamentó en su momento que aquel nazi tan cercano a Hitler, responsable de la muerte de millones de hombres y mujeres torturados y gaseados, hubiera escapado de sus cuerdas y tinglados de muerte.

Centenares de hombres y mujeres relacionados de una u otra manera con el gobierno de Adolfo Hitler desfilaron ante los fiscales de los tribunales de Núremberg en el curso de unas 220 sesiones. Algunos acudían vestidos con pulcritud, con traje y corbata; otros, portando su uniforme de las tropas nazis. Los nombres de la mayoría de ellos quedaron en la oscuridad después de ser juzgados y condenados o declarados inocentes. El nombre de Woods también se perdió en las sombras, aunque de vez en cuando regresa de la oscuridad en las páginas de algún libro o en un ensayo periodístico.

En uno de sus mejores días de trabajo, Woods colgó en el curso de un par de horas a 10 condenados. El verdugo no se tentaba el corazón. No sufría ni sentía piedad por quienes morían en sus manos. De hecho, disfrutaba enormemente su labor. Algunas imágenes fotográficas de la época lo muestran posando con las cuerdas que empleaba. Parece reír de una manera indigna.

Woods debió morir en el extremo de una cuerda atada a su cuello. Habría pagado así su malsano gozo. Pero no. Murió electrocutado en un accidente nunca explicado del todo, apenas cuatro años después de los juicios de Núremberg.

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