Miré de nuevo hace unos días el video que grabó Abraham Zapruder el mediodía del 22 de noviembre de 1963 en Dallas. Las imágenes que recogió con su cámara de ocho milímetros este fabricante de ropa y zapatos para señora fueron cruciales en la investigación para esclarecer el asesinato del presidente Kennedy. En realidad he visto cientos de veces esas imágenes en color, borrosas y deslavadas, que cubrieron de oro a ese hombre sin pretensiones favorecido por el azar. Siempre me han impresionado particularmente los momentos cuando las balas hacen impacto en Kennedy. Brinca un chisguete de sangre, el presidente se hace un ovillo y cae recostado en brazos de Jacqueline Kennedy al tiempo que la caravana de autos acelera el paso rumbo al hospital más próximo. En el camino, la primera dama estadunidense se estira a gatas sobre la cajuela del auto para recuperar un trozo del cráneo del presidente que salió disparado al recibir el impacto de una bala. Las imágenes son sobrecogedoras, en particular estas últimas.
Pero no es eso lo peor. Las cosas se pusieron todavía más feas luego, de manera que me parece que el de Kennedy es el cadáver más manoseado en la historia, sobre todo su maltrecha masa encefálica. Más que el de Einstein, cuyo cerebro tasajeado terminó en un oscuro y polvoriento clóset.
Parece que los investigadores de todas las agencias del gobierno que trabajaron en el esclarecimiento del crimen se esforzaron en realidad en ocultar pruebas, en hacer falsas descripciones a propósito de las circunstancias del asesinato, en reducir al mínimo el número de sospechosos, en hacer un intrincado laberinto de todo lo relacionado con el magnicidio. El resultado de sus poco discretos esfuerzos en última instancia es que hasta la fecha no se sabe con precisión cuántos tiradores estaban involucrados ni quién realizó el disparo mortal ni desde dónde.
Leí hace unos días una de esas recopilaciones sobre los grandes enigmas en los días de la guerra fría. Uno de ellos se refería al robo del cerebro de Kennedy. La historia tiene su verdad como toda la información que circuló desde el momento en que la caravana del presidente se perdió en el horizonte. De hecho, la verdad termina con las últimas imágenes registradas por Zapruder.
Hay quien sostiene que el cerebro de Kennedy fue retirado de su cráneo para alterar la dirección de las balas y sus efectos mortales. Después habría sido colocado de nuevo en su lugar. Como quedó el cerebro del presidente podía probarse que recibió el tiro mortal por la nuca y no por la frente. El tamaño del agujero fue ampliado en la frente y se le practicó uno nuevo en la nuca.
Mientras tanto, el cadáver fue cambiado varias veces de mortaja y de ataúd, de manera que durante un buen tiempo permaneció oculto para quienes documentaban desde entonces los hechos.
Como sea, la verdad nunca se sabrá.
El cerebro de Kennedy
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Héctor Rivera
México /
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