El dolor de amar

  • Sentido contrario
  • Héctor Rivera

Ciudad de México /

Tarita Teriipaia apenas la menciona en su libro de memorias Marlon, mi amor, mi sufrimiento. Quizá ni siquiera la conoció. Solo se refiere brevemente a la guerra que libraba su marido contra Anna Kashfi y del miedo que tenía de que le quitara a su hijo, Christian. Marlon Brando, su marido, estaba casado todavía con Kashfi, una actriz británica de origen hindú. El celebrado actor vivía entonces como siempre, atormentado por Cupido y por los efectos de sus flechazos desorientados. En uno de esos días, Tarita recibió la visita de Brando en su casa en su natal Tahití. Estaba acompañada por el hijo de ambos, Teihotu, que no llevaba formalmente el apellido de su padre. Brando no lo había reconocido legalmente. El actor presentó a Christian con su familia tahitiana. "Son mis amigos", le explicó: "ella se llama Rita y el niño es Luis". Pero sucedió lo inesperado. El pequeño Teihotu, que estaba dando sus primeros pasos, caminó de pronto, trastabilleante, hacia el hombre que lo había identificado como Luis. Sonriente, le extendió los brazos: "papá, papá". Brando tomó a Christian de la mano y rechazó al niño. Luego lo trató como si no lo conociera. Tarita cuenta que cada vez que recuerda aquella escena le resulta imposible contener el llanto.

A Anna Kashfi la mató un cáncer de colon el pasado 16 de agosto, a los 80. Había vivido buena parte de sus últimos años en soledad en una camper, prácticamente en la miseria, entre polvo, basura, restos de comida y recuerdos desordenados. Recibía una pensión de 900 dólares mensuales y algunas ayudas de la asistencia pública. La vejez, el descuido, el cansancio habían borrado de su rostro cualquier vestigio de la belleza que la hizo brillar en su juventud, cuando la identificaban como una exótica princesa oriental. Así transitó por las pantallas cinematográficas en los 50, en el curso de una muy breve carrera que terminó cuando conoció a Brando. Estaba embarazada cuando se presentó ante el juez en 1957 para firmar su matrimonio con el actor. Un par de años después ya estaban separados. Mientras millones de mujeres en todo el mundo suspiraban con la imagen fílmica de Brando, una estrella enigmática y sensual, Kashfi trataba inútilmente de que la escucharan cuando decía que ese hombre le había arruinado la vida y le había robado a su hijo haciendo valer su dinero y su fama. En la corte, Brando la acusó de adicta y alcohólica y ganó la custodia de Christian. Pero Kashfi no se quedó de brazos cruzados. En cuanto pudo, se las arregló para secuestrar a su hijo y llevarlo a vivir a una comuna hippie. Así pasaron 15 años.

Seis meses antes de la muerte de Kashfi, en un centro asistencial había fallecido a los 98 Movita Castañeda, la segunda esposa de Brando. La última vez que Kashfi vio a Christian después de siete años de ausencia estaba en coma profundo en un hospital de Hollywood. Una pulmonía se lo llevó en enero de 2008 a los 49. Había cumplido cinco años de una condena de 10 por haber asesinado a tiros al novio de su hermanastra Cheyenne, hija de Tarita y Brando.

En abril de 1995 Cheyenne se ahorcó en su habitación en su casa en Tahití. Vivía en permanente depresión. Nunca pudo superar la tragedia que ensangrentó su vida y le arrebató al padre del hijo que esperaba. Tampoco podía olvidar los manoseos obscenos de su padre ni los horrores de los hospitales psiquiátricos. Christian había pasado también casi toda su vida atormentado por las disputas entre sus padres, las infidelidades de Brando y los remordimientos por su crimen.

Cuando Brando falleció a los 80 en julio de 2004 se supo que había reconocido finalmente a Teihotu. Lo incluyó en su testamento, lo mismo que a los dos hijos que concibió con Movita Castañeda y a los tres que tuvo en secreto con María Ruiz, su empleada doméstica de origen guatemalteco. Les dejó poco más de 21.5 millones de dólares y una vida hecha pedazos.

Tuki Brando se salvó. Estaba en el vientre de su madre de 19 años cuando su tío Christian baleo en el rostro a su padre, Dag Drollet, un joven integrante de una familia acaudalada de Tahití. Fuera del testamento del actor, es dueño ahora de su vida. Educado por Tarita, ha hecho una próspera carrera como modelo al cobijo de firmas muy prestigiadas.

Tarita terminó de escribir sus memorias seis meses después de la muerte de Brando. Anotó en sus últimas páginas una amarga reflexión que comparten tal vez todos los que lo conocieron: "Al momento de terminar este libro, ya no sufro. La tristeza está ahí, seguro, enterrada en mi corazón, y sin embargo me siento aliviada, como si la muerte hubiera al fin sosegado el dolor de amarlo".

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