La pasión secreta de Ben-Hur

  • Sentido contrario
  • Héctor Rivera

Ciudad de México /

Ben-Hur siempre me ha parecido un personaje fílmico espléndido. He mirado en la tele durante años en la Semana Santa la versión de 1959 de William Wyler de la cinta, interpretada por Charlton Heston y Stephen Boyd. La trepidante secuencia de la carrera de cuadrigas me parece simplemente genial. Me estremece siempre que la veo. Sin duda, hoy día sería resuelta mediante recursos digitales por cualquier realizador en riña con la creación fílmica. Emocionan las trampas de los competidores, los golpes bajos, las volcaduras de los carromatos, los choques y, sobre todo, el accidente espeluznante de Messala, que cae de su carro a la pista y es pisoteado por los caballos y arrollado por los otros competidores. Al final, yace tendido en una camilla en los vestuarios de la arena. Ensangrentado, despellejado, con todos los huesos rotos, está irreconocible. En su agonía, pide la presencia de Ben-Hur, que acude compungido a despedirse de su rival. Messala muere prácticamente en sus brazos luego de hacerle saber del incierto destino de su madre y hermana en un leprosario donde las ha tenido prisioneras.

Heston pasó a mejor vida en abril de 2008, a los 84, unos días después de la Semana Santa. La demencia degenerativa que padecía le ayudó hasta sus últimos días a medio olvidar los berrinches que pasaba cuando se topaba con las maledicencias cada vez más frecuentes a propósito de las prácticas sexuales del que consideraba el personaje más viril de cuantos había interpretado. Judá Ben-Hur, decían los rumores, era homosexual y tenía un apasionado historial amoroso de juventud nada menos que con el odiado Messala, interpretado en la cinta por Stephen Boyd. Eso explicaba tal vez el subrayado dramatismo de su encuentro con el ensangrentado Messala en su lecho de muerte. De hecho, si uno mira con cuidado la cinta, ganadora de 11 premios Óscar en su momento, habrá de descubrir demasiados arrumacos entre ambos personajes, miradas significativas, diálogos íntimos y gestos amorosos, que habrán de convertirse finalmente en odio
y maldad.

Seguramente cuando Lewis Wallace escribió hacia 1880 Ben-Hur: una historia de los tiempos de Cristo no tenía en mente ningún amorío entre sus dos aguerridos personajes. Abogado, diplomático, escritor, fue también militar con rango de general y tuvo una activa participación en la Guerra Civil estadunidense. Él mismo fue un tipo muy aguerrido. La celebridad llegó a su vida cuando comenzó a venderse por millares su novela, que relata las desventuras de un joven judío rico, Judá Ben-Hur, cuya existencia es reducida a escombros por las trapacerías de su ambicioso amigo, Messala, hasta que su encuentro con Cristo da un vuelco a su vida.

Su éxito creció con las versiones fílmicas de su obra y sus escenificaciones teatrales. El canadiense Sidney Olcott, un prolífico realizador del cine silente, emprendió en 1907 la primera versión fílmica de la obra con un cortometraje de 15 minutos que prescindía de sus detalles al describir solo el conflicto entre Messala y el joven judío. El estadunidense Fred Niblo retomó el relato en 1925 con mucha fortuna. Ramón Novarro, la estrella del cine silente, de origen mexicano, era Ben-Hur y Francis X. Bushman interpretaba a Messala en una costosa superproducción al modo de Griffith.

La versión de Wyler no era menos ambiciosa. Filmada durante casi un año en escenarios de Italia, Líbano y México con una inversión de unos 16 millones de dólares, recaudó en taquilla alrededor de 70 millones en cines de todo el mundo. En la adaptación del texto de Wallace participaron cinco escritores. Uno de ellos, Gore Vidal, un sujeto tan talentoso como siniestro, contó más de una vez cómo, desde su punto de vista, el conflicto entre Ben-Hur y Messala no tenía sentido si no mediaba entre ellos una intensa relación carnal en sus días de juventud, de manera que se propuso sugerirla al director para incorporarla al guión. Wyler habría aceptado la sugerencia con la condición de no poner a Heston al tanto de lo que se proponían. La cinta se filmó entonces en medio de un juego de complicidades en el que participaba todo el equipo de producción, excepto Heston, uno de los actores más conservadores de Hollywood, líder de la Asociación Nacional del Rifle durante muchos años.

Parece que quien más disfrutaba el secreto jugueteo durante las jornadas de filmación de Ben-Hur era Stephen Boyd. Le gustaba la idea un tanto perversa de interpretar a un villano ensañado con un hombre inocente, cuyas acciones estaban siempre regidas por sus sólidos principios morales, y que para colmo había sido su amante sin saberlo.

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