Los perros de las estrellas

  • Sentido contrario
  • Héctor Rivera

México /

A sus 74 Tony Pellicano sigue siendo un hombre fuerte, robusto, hosco. No ha perdido su mirada amenazante, retadora. Algo malhumorado, con los cabellos blanquecinos, viste el uniforme color caqui de la prisión a la que fue a parar después de ser juzgado por 77 cargos. Declarado culpable de 76 al cabo de una investigación policiaca de tres años, cumplió una primera condena de 30 meses en una prisión federal para responder a los cargos por posesión ilegal de explosivos, armas de fuego y granadas caseras. Comenzó ahí un recorrido por diferentes prisiones que está a punto de terminar en marzo del próximo año.

Pellicano llegó a Hollywood en 1983, procedente de Chicago. Era un migrante italiano más, ansioso por triunfar en el medio más glamoroso de Estados Unidos. Pero no quería ser actor, ni productor. En realidad su único interés era hacer negocio con esa gente tan segura de sí misma, tan bien vestida y perfumada, tan exitosa como las celebridades hollywoodenses que veía en el cine.

Muy pronto montó una oficina en la que recibía a sus clientes como investigador privado. Comenzó a vestir ropa hecha a la medida, zapatos importados, camisas de seda. Se compró un Mercedes-Benz convertible y echó en su cajuela el que habría de convertirse en su instrumento de trabajo más útil: un bate de beisbol. Tal vez en su mundo más íntimo lo que deseaba era ser un personaje de El padrino, de Los Soprano, un gángster clásico al más puro estilo de la industria hollywoodense. Se compró unos lentes oscuros como los que usaba Al Pacino en Cara cortada y bautizó a uno de sus hijos con el nombre de Luca, uno de los matones de don Corleone.

Cuando comenzaron a desfilar por sus oficinas celebridades como Tom Cruise, Stallone, Elizabeth Taylor, Steven Seagal, Michael Jackson y otros de su tamaño supo que había triunfado. Pronto amplió su repertorio de herramientas de trabajo: aparatos para interferir llamadas telefónicas, cámaras para espionaje, sistemas de escucha en habitaciones, casas y apartamentos, golpeadores a sueldo, armas y explosivos y otras lindezas.

Pero las cosas llegaron al límite cuando mandó colocar un pescado muerto en el parabrisas del automóvil tiroteado de una periodista que metía demasiado las narices en las actividades de Seagal.

Cuando se supo quiénes contrataban los servicios de Pellicano muchos pensaron que era imposible que personajes rudos y malencarados de Hollywood como Stallone, Seagal, Cruise y otros necesitaran ayuda para ponerlos a salvo de los productores prepotentes, de los que se negaban a cumplir con sus compromisos financieros, de los paparazzi, de los directores crueles y abusadores, de los periodistas que indagaban sobre violaciones y secuestros.

Si es que el detective privado tuvo alguna virtud fue su discreción. Mantiene hasta la fecha silencio sobre muchos clientes y sus órdenes de trabajo. Muchos que tiemblan solo de imaginar el tamaño de sus secretos quisieran verlo muerto, calladito para siempre.

Pero Pellicano fue también un personaje de thriller político. Participó activamente en las investigaciones sobre el asesinato del presidente Kennedy, fue contratado por el equipo de Richard Nixon para ayudar al presidente a salir del lío de Watergate y ayudó al New York Times a seguir las huellas del Shah de Irán en el exilio.

En estos días, mientras espera que las puertas de la prisión se abran, Pellicano es más discreto que nunca. Sabe que su vida depende de su silencio. Una vez fuera de la cárcel en marzo próximo es posible que intente reanudar su vida de detective privado. Después de todo, sus clientes andan casi todos por ahí, con las mismas necesidades de protección.

Tal vez no está bien enterado de que otros han intentado ocupar su lugar a lo largo de los últimos años. Uno de sus competidores más cercanos, a su modo, es Marty Singer. Muchos lo identifican como el “perro de las estrellas”. Entre los clientes de este agresivo abogado dispuesto a todo con tal de mantener a salvo a medio Hollywood están muchos de los antiguos protegido de Pellicano: Stallone, Bruce Willis, Schwarzenegger, Travolta…

A sus 66, Singer cobra casi mil euros por hora y ofrece sus servicios sobre todo en casos de difamación y defensa de la privacía de las celebridades, aunque también está dispuesto a enfrentar casos de derechos de autor y de contratos incumplidos. La mayoría de sus clientes lo consideran como el mejor abogado del mundo, “un superhéroe de la vida real” y casi todos elogian su eficiencia para deshacerse de los indeseables que buscan meter las narices en su vida privada.

Pero sobre todo, nadie cuestiona sus métodos, que pueden ser los mismos de Pellicano. 

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