En estos días de temporada alta invernal muchos turistas europeos buscan un poco de calor en países como Italia y España. Algunos viajan con mochilas, pero la mayoría se mueve con toda la familia y montones de maletas chicas y grandes. A diferencia del verano, cuando miles de jóvenes alemanes revolotean por toda Europa a bordo de bicicletas y en grupos enormes mientras los padres se dirigen a las playas con los niños en busca de un sitio para acampar, en invierno
buena parte del turismo se dirige a las zonas montañosas para practicar deportes alpinos a un costo bastante elevado. Sin embargo, los alemanes se encaminan rumbo a España e Italia en buen número, lo mismo que los ingleses. Algunos saben que en estos países serán presas fáciles de los prestadores de servicios turísticos, en particular en restaurantes, bares y heladerías. Son frecuentes los soterrados pleitos legales entre quienes cobran cifras estratosféricas por una comida, una cerveza o un helado y los indignados consumidores. En esta materia son campeones los italianos. Cobran por el agua en los restaurantes, por los cubiertos, por el pan, por las sillas y, claro, por la comida, y si pueden inflan las cuentas hasta el absurdo. Son simpáticos y hasta divertidos, pero son también muy abusivos, de manera que hay que poner especial cuidado en ese hermoso país.
Con los ingleses sucede lo mismo, solo que al revés. Son los turistas quienes a veces atracan a los prestadores de servicios. Esto sucedía por lo menos hasta hace unos días. Muchos viajeros ingleses que visitaban sobre todo España para disfrutar de sus hermosas playas, espléndidos paisajes, maravilloso clima, portentosa gastronomía, magnífica arquitectura y notables museos, habían puesto en marcha desde hace unos años una eficiente mecánica del atraco.
Disfrutaban alegremente de sus vacaciones, comían y bebían como reyes, exigían las facturas correspondientes y, antes de emprender el regreso, visitaban a un médico local que les prescribía antibióticos y antidiarreicos. Con la receta se encaminaban a la farmacia más cercana y adquirían los fármacos prescritos. Luego, en Gran Bretaña, recurrían a los servicios de un abogaducho que los ayudaba en el trámite correspondiente ante la compañía de seguros, que exigía al prestador de los servicios turísticos la devolución de las cantidades invertidas con el pretexto de las enfermedades sufridas por falta de higiene.
Para echar a andar la operación que los beneficiaba con unas vacaciones gratuitas, los turistas aceptaban la oferta de bandas de intermediarios que les ofrecían los servicios de médicos, abogados, vendedores de seguros y agentes de viajes que estaban en el enjuague. Casi todos enfrentan ahora a la justicia británica y los españoles, a partir de ahora, ya no pagarán ese tipo de compensaciones. Y habrá que ver qué sucede en otros países.
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