Las Naciones Unidas llegan a esta efeméride en un momento que muchos consideran como el más crítico de su historia. La Organización es cuestionada y, a veces, descalificada por observadores en diversas regiones del mundo por su creciente ausencia en la solución de conflictos centrales del presente: Irán, Ucrania, Palestina, Sudán… La ONU parece estar ausente en cualquiera de los posibles desenlaces en Irán. Washington y Tel Aviv, Moscú y Beijing aparecen como los factores determinantes. Lo mismo podría decirse de los conflictos en Gaza y en Hormuz y, con menor participación de Israel, en Ucrania, Sudán y en otros enfrentamientos alrededor del mundo.
Lo anterior contrasta con el papel que la ONU jugó cuando estaba en el cenit de su prestigio —los años cincuenta y sesenta del siglo pasado—, y cada una de sus acciones o resoluciones impactaban de manera significativa el curso de los acontecimientos. A esa reducción de su relevancia se suma la creciente polarización entre la membresía del organismo, lo que dificulta la obtención de consensos y, en general, el logro de acuerdos. En medio de tales problemas estructurales se lleva a cabo el proceso de selección de un nuevo secretario/a general. Como reflejo de la polarización ya mencionada, al día de hoy, después de meses de negociaciones y encuestas, no está claro quién podría triunfar en la contienda.
Por si lo anterior fuera poco, la Organización sufre una importante crisis financiera: durante este año, hubo momentos en los que sólo se disponía de recursos para seis meses de actividad.
Muchos se preguntan hoy si vale la pena seguir sosteniendo a una institución percibida como de efectos limitados en los mayores cambios geopolíticos de la actualidad. Se habla del incremento acelerado de su burocracia y el costo de la institución. Uno de los países más poderosos entre su membresía ha cuestionado su eficacia y aún la orientación de sus acciones.
Lo descrito esboza el perfil de una institución percibida como ineficaz y onerosa; pero tal visión omite señalar las múltiples acciones que la ONU ha llevado a cabo día a día a lo largo de toda su existencia. Esta labor se despliega a través de sus quince agencias, veintitrés programas, fondos y otros órganos relacionados, innumerables mandatos y once operaciones de mantenimiento de la paz. Algunos ejemplos: sólo en 2025, más de 2 mil 800 millones de vacunas se entregaron a 99 países; 2.3 millones de toneladas de alimentos fueron distribuidos alrededor del mundo sólo a través del Programa Mundial de Alimentos; 146 países recibieron apoyo de la Organización para la Alimentación y la Agricultura. Cómo olvidar el papel de Naciones Unidas en el proceso de descolonización en África y el Extremo Oriente, así como en el desarrollo del concepto mismo de Igualdad de Género. Toda esa intensa actividad ha tenido un efecto indiscutiblemente positivo para el mundo, tanto desde el punto de vista medible, cuantitativo, como en un sentido moral.
La ONU ha dejado en claro que sólo en su seno la casi totalidad de las naciones del mundo pueden sentarse a la mesa para discutir acciones que apoyen lo que hoy asumimos como imperativos incuestionables, en el sentido kantiano. Gracias a las Naciones Unidas (recordemos que ahí se estableció por primera vez en la historia una declaración universal de derechos humanos), todos aceptamos que hay una responsabilidad moral colectiva cuando surge un conflicto armado, una catástrofe natural, o bien situaciones que desde el punto de vista de los derechos humanos resultan inaceptables para la comunidad internacional.
La ONU es también el único espacio apto para debatir los inéditos problemas que enfrenta el mundo contemporáneo y que requieren de una acción colectiva para ser abordados: el siempre presente riesgo de un enfrentamiento nuclear; la desigualdad económica; el cambio climático ya irreversible; los inmensos riesgos de las tecnologías emergentes, tales como la inteligencia artificial, la computación cuántica, la ingeniería genética, las grandes epidemias previstas para el corto plazo…
¿Qué hacer con una institución que es percibida como anquilosada, cara, incapaz de resolver por sí misma las más ingentes crisis de nuestro tiempo y diseñada para el mundo de 1945? Habrá que reformarla a fondo: refundarla. Ha habido diversos intentos de reestructuración: la iniciativa conocida como UN80 es un intento de cambio restringido a lo administrativo y lo financiero; la propuesta de México para reformar el Consejo de Seguridad de 2023 y muchas más. México y Francia, ante la imposibilidad actual de eliminar el veto, presentamos una iniciativa (cuenta ya con 128 adhesiones) que tiene por objeto, al menos, acotar el uso del veto en circunstancias de atrocidades masivas. En mi opinión, y subrayo, es una opinión personal, habría que revisar su carta constitutiva, en especial la estructura y la membresía del Consejo de Seguridad y la facultad de sus cinco miembros permanentes para ejercer el veto. Para fortalecer a la ONU, habría que desburocratizarla y hacer posible que responda con efectividad a lo que se aproxima, aquello que muchos autores contemporáneos llaman “el mayor cambio que el género humano ha enfrentado en toda su historia”, aunque muchos aún no lo perciban. Lo que urge es renovar para reforzar. Parafraseando a Voltaire, si la ONU no existiese, habría que inventarla.