Curanderos, saltimbanquis, jarocholos y rockeros

Ciudad de México /

El recorrido comienza en una de las esquina más bulliciosas del Zócalo, más conocida como Plaza de la Constitución, para mayor señas vecina de la Catedral Metropolitana, para luego caminar sobre 16 de Septiembre, una de las avenidas más simbólicas del Centro Histórico de la capital del país, rebosada de paseantes, boruca permanente, cafés bulliciosos, cantantes de ópera, músicos, bailarines y uno que otro saltimbanqui, vecino de un esmirriado sujeto vestido de Chaplin, pionero del artistas callejeros.

Pero empecemos con los espectáculos que circundan a la antigua plaza mayor, donde estrafalarios personajes invitan a fotografiarse, mientras grupos de danzantes y curanderos ofrecen limpias con sahumerios, ramas frescas de pirú y rezos que, supuestamente, alivian dolores y animan el alma, pues así apaciguaban las penas, según dicen, nuestros antepasados mexicas, uno de cuyos descendientes, venido de Iztapalapa, alecciona:

—Mira, a esto se le llama medicina tradicional, comúnmente llamado “limpia”.

El hombre, ataviado con ropa estilo prehispánico, dice llamarse Juan Hernández, y enseguida pronuncia su nombre en náhuatl, pero el reportero no alcanza a entenderlo y a estas alturas pedirle que lo deletree sería abusar de su tiempo, ya que es el líder del grupo y tiene prisa por terminar la entrevista, pues la hilera de clientes, la mayoría mujeres, crece y parece que sus compañeras no tienen la misma experiencia para cumplir la faena.

—¿Y qué significa “limpia”?

—Para nosotros es una armonización —responde— y una depuración del campo magnético.

La bocacalle de Madero está a reventar.

Entonces bordeamos esta parte de los portales, con vitrinas rebosantes de alhajas, junto a la clásica tienda de sombreros, cuyo antiguo slogan reza que Se usan de Ensenada a Yucatán, y enseguida doblas a la derecha, a la altura del Gran Hotel de la Ciudad de México, una reluciente joya de la arquitectura mexicana, construida durante el siglo IXX, primero como tienda de la época porfiriana, con diseño art novó y sus columnas, balcones y vitrales originales.

De pronto divisas a una mujer de pelo alborotado, vestida con ropa de épocas pasadas, ojerosa, de ostensibles arrugas, que baja con lentitud las gradas del Gran Hotel, por lo que desenfundas el celular y enfocas la cámara hacia a la enigmática figura, pero al acercar la imagen parece que fija la mirada en ti y entonces gira hacia la izquierda, pasos lentos, entre suaves contoneos, y luego se pierde entre la multitud que se dispersa en la plancha del zócalo, rumbo a los portales del antiguo ayuntamiento.

Frente al Gran Hotel de Ciudad de México, en el número 82 de Avenida 16 de Septiembre, circulan varios peatones; pronto llama la atención un joven de violín que interpreta música clásica.

Más tarde, en ese mismo lugar, será relevado por un cantante de ópera; no muy lejos, una pareja —un joven y una adulta mayor— se pondrá a bailar Son jarocho.

El par de bailarines parece hacer la competencia a un trío llamados Los Jarocholos, quienes se colocan metros adelante, rumbo al Eje Central Lázaro Cárdenas, donde zapatean sobre una tarima con singular energía.

Son los mismos bailarines jóvenes, entre ellos una mujer, que han logrado entusiasmar a comensales de un restaurante de comida veracruzana sobre la Avenida Venustiano Carranza.

Y habrá que avanzar entre abigarrados comerciantes ambulantes, hasta llegar frente a un cuarteto de rock que prende a una multitud, la mayoría con melenas plateadas que zangolotean sus cuerpos.

Al frente Perros melancólico, que así se llama la banda, está Samael Kief, batería y voz, quien recuerda que pronto cumplirán dos años y medio de cantar en ese tramo.

—¿Y qué tal, si prenden a la gente…

—Sí, pues, sí, vea, mire: alrededor está toda la gente. ¡Griten!

Y la multitud responde con un alarido.

Y allí queda el amasijo de paseantes, mirones, cantantes, saltimbanquis, vendedores ambulantes, danzantes y curanderos que bordean el zócalo, bailarines que zapatean sobre tarimas en ese tramo de Avenida 16 de Septiembre, entre edificios porfirianos, mientras otros devotos se apiñan, bailan y animan y aplauden a este cuarteto de Perros Melancólicos que tocan blues y rock.


  • Humberto Ríos Navarrete
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