De la San Simón a la Condesa

Ciudad de México /

Estabas en una celebración de tu amigo Gustavo Parra, investigador de la UNAM, por su cumpleaños número 70, amenizada por el Grupo Furia, de Julio Vázquez, que interpretaban clásicas norteñas, como El sauce y la palma, Flor de Capomo y Nieves de enero, famosa esta última por haber sido glosada por Chalino Sánchez, poco antes de su muerte, cuando… te acordaste de otro encargo.

Hacía tiempo que no asistías a una fiesta de ese tipo. Entonces el recuerdo te llevó a tu infancia y rememoraste esas canciones interpretadas por grupos norteños que hacían retumbar las rockcolas de tu pueblo al pasar cerca del único billar que había, cuyo dueño era Don Pino Salas, siempre con su playera sin mangas.

—¡Tiza, coime!— gritaban los jugadores.

Y allá iba él con pasos rápidos.

Nunca entraste a jugar, pero te asomabas para observar de cómo los “vagos”, así les decían, que golpeaban las bolas de marfil con los “tacos” de madera, mientras lanzaban carcajadas que se oían varios metros a la redonda.

Muy cerca del billar, a la sombra de un frondoso Trueno, otros pobladores, por lo regular gente mayor, acudían a jugar barajas o dominó, dependía del día y la hora.

De regreso al billar.

Dicen que un día llegó un piquete de soldados directamente al billar. De pronto se hizo un silencio y los “guachos”, como les dicen en la Costa Grande de Guerrero, observaron a cada uno de los jugadores, que parecían estatuas, mirándose unos a los otros.

Entonces uno de los guachos, que así le dicen a los soldado por ese zona del país, se agachó por debajo de la mesa y recogió una cortapluma, pequeña navaja plegable que alguien había olvidado, y preguntó: “¿De quién es?”

Cuentan que nadie contestó y enseguida el soldado la guardó en su bolsa y se retiraron.

Era la efervescencia guerrillera y cualquier indicio de sospecha podía ser un pretexto.

El final, relatan algunos, terminó en carcajadas, pues el arma punzocortante sí tenía dueño, quien la había echado bajo la mesa, por temor a ser apergollado por los guachos, quienes no buscaban cortaplumas, sino otras cosas: armas de fuego y presuntos guerrilleros.

Todo lo anterior te vino a la mente cuando escuchaste las norteñas, aunque en tu adolescencia tú preferías los corridos, como el Caballo blanco, de José Alfredo, y también canciones de los Beatles, que oías gracias a tu primo Héctor, quien te invitaba a ti y a Jaime Gama a disfrutarlos en un tocadiscos que tenía en su casa.

Una evocación que te llegó de golpe en la San Simón, donde le celebraban su cumpleaños a Gustavo, de modo que aquello estaba a reventar con familiares, colegas y discípulos de la UNAM, como Melisa, su alumna y luego adjunta.

Entonces te diste cuenta que tenías una cita en una casona de la colonia Condesa, precisamente donde hace muchos años hacían sus tertulias y pachangas Octavio Paz y Elena Garro, su entonces esposa, y otros amigos suyos, escritores y poetas.

Es la misma casa en la que, décadas después, harían reuniones artistas plásticos, quienes cuentan la anterior anécdota como antecedente de un proyecto actual: hacer visitas a talleres de pintores para apreciar, disfrutar o adquirir obras.

El novedoso proyecto es dirigido por Pablo Sierra, fotógrafo, artista, gestor cultural e impresor, quien dirige, junto con otros, Observatorio de Arte, un colectivo que comenzó en 2023, pero se retrasó con el azote de la pandemia, misma que les sirvió para reinventarse.

—¿Y quienes participan?

—Los organizadores principales somos Carlos Uscanga Gaona, que es un artista plástico mexicano, con formación en México y España, fantástico, y Alfonso Miranda Márquez, que se suma después; es un crítico de arte muy reconocido.

Los recorridos se realizan cada mes, y se reanudarán a partir de febrero, durante la Semana del arte.

—¿Y cuál es la intención de Observatorio?

—Nuestra idea en Observatorio de Arte es promover nuevos coleccionistas. Por eso vamos a los estudios de los artistas, por eso vamos a ferias de arte periféricas, porque es donde está la gente que empieza sus colecciones.

Las travesías son divertidas, comenta el artista, pues se trata de que la experiencia sea más amigable y menos pretenciosa.

“Se trata de que puedas llegar a un espacio en donde el artista mismo te platica cómo es el proceso, y donde puedas ver los materiales desplegados y la luz que entra al estudio”, precisa Pablo Sierra, quien comenta que los recorridos por cuatro talleres es de mil 500 pesos y se regala un vale canjeable de mil pesos.

Solo por entrar a la cueva del artista, quien compartirá su experiencia íntima y, si es posible, comerciar su obra con el pequeño grupo de visitantes.


  • Humberto Ríos Navarrete
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