El barro es vestido de gala

Ciudad de México /

El pueblo San Martín de las Pirámides, Estado de México, parece protegido por las pirámides del Sol y de la Luna, en la zona arqueológica de Teotihuacán, que de paso dejas atrás hasta llegar con Gerardo Badillo Flores, de 75 años, quien a diario humedece y frota porciones de tierra hasta convertirla en barro que moldea en figuras de aves y otros animales, como el jaguar, de cuyas fauces surgirán bramidos que harán eco.

A cada figura, después de vaciarla, le hace una hendidura con una delgada tira de lámina, para luego soplar y de ese modo afinar el sonido que debe reproducir, de acuerdo al animal que represente. Es algo que hace desde hace más de cincuenta años. Por eso sus sentidos se concentran en lo que transfigura. Entre sus manos han pasado cenzontles, panteras, búhos y jaguares, entre otros seres del reino animal.

Cuando era joven, Badillo Flores hacía esta labor acompañado de sus hermanos; ahora lo hace con sus hijos, quienes se encargan de finalizar cada pieza con adornos de colores, después de aplicar elementos como resina, que no conocieron sus antepasados, por lo que en aquellos tiempos las piezas solo quedaban en barro negro, listas para la venta, después de ser extraídas del horno y hornillas que las cuecen a base de fuego con leña.

Todo lo hace “por necesidad, o por lo que usted quiera, y se hace uno experto”, comenta este hombre enjuto, de rostro curtido, cuya labor lo regocija, sobre todo ahora que puede ver su obra adornada con realces brillantes que lucirán no solo en mercados populares y tianguis, sino en hall de hoteles y en bazares.

—La mano es su principal instrumento de trabajo.

—Pues todo esto solamente lo hacemos con las manos. Es nuestra herramienta de trabajo. Y claro, nos ayudamos con este tipo de cosas para hacerla silbar— dice mientras sostiene entre el índice y el pulgar una laminita metálica con la que hace la abertura y despega la rebaba.

—¿Y cuántos hace al día?

—Una sola persona, qué le voy a decir, si se hace como cincuenta al día, ya le fue bien. Obviamente aquí, por ejemplo, nos repartimos el trabajo. Mi hijo hace la pieza, hace el sobado, la perfora para el sonido. Lo pasamos a deshidratar perfectamente y ya seco el producto, se mete al horno, para que se queme, se cueza.

Cuando se le pregunta sobre tiempo que le dedica a esta labor, Gerardo Badillo Flores, hombre enjuto y sosegado, responde que no tienen horario, pues empiezan muy de mañana. “Tenemos horario de entrada, pero no de salida”, contesta, “porque si nos atoramos un poquito, nos gana el barro y se orea demás y ya no nos va a servir”.

Y es que todo se hace de corrido.

“Para empezar, hay que cernir el barro, remojarlo, mojarlo perfectamente, hasta que quede adecuado para que pase al molde; entonces se moldea, usted ya lo vio”, explica de manera didáctica

***

El siguiente paso será la decoración, y de eso se encarga uno de sus hijos, Rubén Badillo Mendoza, de 49 años, quien te conduce a su taller, un poco retirado del lugar de donde trabaja su padre, en orillas del pueblo.

—¿Qué es lo primero que te viene a la mente cuando te iniciaste en este trabajo?— se le pregunta a Rubén frente a la mesa repleta de figuras.

—Acababa de cumplir yo los once años cuando mi papá me dijo: “Sabes qué, hijo, ya es hora de que le entres al taller”. Estábamos a orillas de la zona arqueológica de Teotihuacán.

Y le entró.

Porque aquí, en estas tierras resecas, solo se divisan grandes extensiones sembradas de nopales, de modo que las alternativas de trabajo son escasas, pues muchos de los habitantes trabajan en Ciudad de México o venden artesanías, como los hijos de Gerardo Badillo.

Entonces Rubén aprendió diversos procesos, hasta tener un acabado propio del producto.

“A través del tiempo hemos evolucionado”, precisa Badillo Mendoza, mientras adorna una de las piezas. “Originalmente trabajábamos puro barro, pero el mercado nos ha ido dando otras pautas; por ejemplo, usamos resinas sobre el barro y lo adornamos con plastilina epóxica”, añade, sin dejar de trabajar, en medio de figuras de pequeños pájaros y águilas.

Y es que tienen que llamar la atención con sus productos; por eso trabajan con técnicas modernas, sin dejar de ser artesanales, para llamar la atención.

***

A Gerardo Badillo Flores no se le ve descansar. Desde que llegaste a su taller lo único que hace es trabajar.

Primero cierne la tierra, acompañado de su hijo Rubén, y después la rocía con agua de una cubeta; hace una porción grande de barro, la amasa con las manos durante varios minutos y la lleva al taller, después de subir una pequeña loma.

—Es un trabajo bonito—se le comenta, luego de observar su tesón.

—Mire —medita un poco—, cuando uno aprende todo esto que le deja a uno aunque sea para comer, pues se disfruta. Le digo, son las diez de la noche, las once, y a veces dice la esposa: “Ya vente a dormir”, pero yo estoy a gusto trabajando. Y es que, además, podemos tener hora de entrar pero no de salir.


  • Humberto Ríos Navarrete
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