El escultor que triunfó en Neza

Ciudad de México /

Llegó a Ciudad Netzahualcóyotl, Estado de México, como lo han hecho miles de sus paisanos. Urbano Cruz Morales tenía 19 años de edad. Corría el año de 1967 cuando él y dos de sus hermanos salieron de Monteverde, municipio de Villa Tejúpam, región de la Mixteca Alta, estado de Oaxaca.

Atrás había quedado parte de su familia.

Y de su niñez.

Y sus recuerdos.

Diez años atrás ayudaba a sus padres en labores del campo y pasaba el tiempo en la orilla del río donde juntaba bolas de lodo para moldear figuras con las manos; por la tarde, cuando comenzaba a caer el sol, partía hacia su casa, muy cerca de ahí, luego de lanzar las pequeñas esculturas a la corriente, con la esperanza de que algún día regresarían a sus manos, pero tiempo después caería en la cuenta de que solo era una fantasía.

Cruz Morales nunca olvidó su gusto por manosear el barro negro, el amarillo y el rojo, de modo que mientras ayudaba a su hermano, comerciante ambulante dedicado a la venta de ropa en calles de una polvorosa Ciudad Netzahualcóyotl, no se quitaba la idea de practicar lo que le gustaba, además de que también tenía facilidad para dibujar.

Y sucedió que un día conoció a un periodista de nombre Constantino, quien le mostró una credencial y lo retó a que dibujara la fotografía en un papel. Urbano hizo lo que tenía que hacer y el hombre, al observar el retrato, quedó impresionado y le sugirió que estudiara dibujo y pintura, pues tenía posibilidades de remontar.

Humberto Ríos Navarrete

Lo que hizo Urbano Cruz fue buscar una escuela especializada y le informaron que en el subterráneo del Teatro Hidalgo, en Ciudad de México, había un taller donde impartían clases gratuitas de artes plásticas.

Llegó a las instalaciones, que pertenecían al IMSS, y se entrevistó con el director, de nombre Federico Díez, un tipo como de dos metros de altura, originario de Veracruz, quien le dijo que ya podía empezar.

Tres años duró en el taller.

Aprendió de todo pero se inclinó por la escultura. Lo que hizo fue perfeccionar las técnicas, pues meses atrás hubo una exposición para conmemorar el aniversario del municipio de Neza y lo invitaron a que presentara un cuadro en una exposición colectiva.

“Hice unos rayones al carbón y lo llevé”, recuerda ahora, “y lo montaron en un caballete”. Esa fue su primera muestra.

***

En enero de 1980 Urbano Cruz Morales ingresó a la casa de cultura Jorge Jiménez Cantú, nombre que más tarde quitaron y en su lugar poner Centro Regional de Cultura, mismo que está en la Cuarta Avenida y Francisco Zarco, colonia Virgencitas, Ciudad Neza.

Humberto Ríos Navarrete

Cruz Morales fue uno de los principales impulsores de las casas de cultura en Ciudad Nezahualcóyotl, municipio de donde él y otros amigos viajaban a Toluca, capital del Estado de México, para pedir al gobernante que les edificara un centro de ese tipo en el ayuntamiento.

Y para ir con el entonces gobernador —Jorge Jiménez Cantú— “nos teníamos que parar muy temprano, porque abordábamos un camión a las cuatro de la mañana; la terminal estaba en Avenida Circunvalación”, recuerda Cruz. “Un autobús a Toluca nos cobraba tres pesos con cincuenta centavos. Todo para que nos hicieran una casa de cultura”.

Cruz Morales fue maestro de dibujo, pintura, escultura y grabado en el Centro Cultural de Netzahualcóyotl, del que se jubiló en 2018, después de 38 años de trabajar de docente. La mayor parte de sus figuras son en madera, aunque no falta la de bronce.

—¿Por qué en madera?

—Porque la madera es muy esencial para mí; es como si fuera el papel en el que voy a dibujar, hacer líneas, hacer manchas, qué sé yo, o la acuarela; para mí la madera es lo más leal. 

—Pero también le trae recuerdos. 

—Sí, me lleva muy lejos; porque la madera nació de la tierra; llegó el agua y el viento que cubrió sus hojas cuando no moría, y porque esa escultura es un testigo fidedigno de la Naturaleza.

Humberto Ríos Navarrete

El maestro esculpe un grueso tronco en el patio de su casa, donde tiene varias esculturas en madera cubiertas con capuchas de manta.

***

El maestro Urbano Cruz Morales esculpe la raíz de un árbol que creció cerca del Centro Regional de Cultura. Estaba a cinco metros, comenta, y algunos se asustaron porque había el riesgo de que tirara el inmueble. Entonces derribaron el árbol y él rescató el tronco para esculpirlo.

Ahora le da forma de una serpiente. Es una obra dedicada a sus ancestros mixtecos, chocholtecos, ixcatecos y zapotecos. “Esos grandes señores, esos grandes artistas que también fueron grandes orfebres de la fundición de la plata y el oro”, comenta.

—¿Y la serpiente?

—La serpiente es porque ellos decían que iba al cielo para echar el agua, la bendición a las plantas, el maíz, para todo lo que ellos sembraban.

La cara de la serpiente significa Oaxaca, su estado, que apunta rumbo al sur, donde está la región mixteca.

Humberto Ríos Navarrete

—¿Es un símbolo la serpiente de la región mixteca?

—Yo leí que mis ancestros la adoraban, como ahora adoran a un santo, a una imagen. Y este círculo que usted ve aquí es por donde pasaban los rayos del sol para tener más fuerza esa serpiente y elevarse al cielo y de ahí mandar la bendición que era el agua.

—¿Qué sembraban cuando usted era niño?

—Pues ahí sembraban el frijol, el maíz, la calabaza, la papa.

Toda su obra está dedicada a su estado, Oaxaca, y a su pueblo, Monteverde, como es una escultura hecha en bronce. Hasta ahora ha realizado alrededor de 150 figuras, algunas de ellas en su casa.

“Este es el Dios viejo zapoteco, es el Dios del agua. Estos son los rayos solares, la divinidad del sol”, explica. Las grecas, agrega, representan las veredas y los caminos de la región de donde es originario.

Humberto Ríos Navarrete

Y de su domicilio nos trasladamos a la casa de cultura donde comparte el nombre con el de Rey Neza, con una la placa y su rostro delineado. Es en honor a su trayectoria como artista plástico y su aportación a este municipio. Está ubicada en Calle Coatlinchan s/n, esquina con Matlalzihuatzin, colonia Unidad Rey Neza, Nezahualcóyotl,

“Iniciamos en Palacio Municipal y ahí nos dieron un taller”, recuerda. “Después nos fuimos a la Casa de Cultura de Las Virgencitas”.

Y ahí, junto a su retrato, se le pregunta cuál es su sentir de que este centro cultural lleve su nombre.

“Pues es una satisfacción, pero es también es un compromiso por trabajar mucho; hacer muchas cosas por el municipio, por esta ciudad, por este pueblo; no es nada más hacer o decir yo; no, hay que trabajar”, insiste, sin jactancia, más bien un poco nervioso.


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