El feminicida de la carnicería

México /

Era un sujeto de mirada esquiva, de pocos amigos, hosco; alguien descubriría una señal perversa en sus ojos. Estas son algunas palabras con las que sería descrito quien se convertiría en presunto feminicida, que anduvo prófugo durante 25 meses. El jueves fue capturado en Oaxaca.

Tiempo después de cometer el asesinato, diarios locales publicarían que en una colonia vecina, Jardines de Morelos, el sujeto había cohabitado con una de sus hermanas y su madre, quien lo mandó a volar después de que la golpeara. Pero no tardaría en desfogar su instinto.

Las sospechas, sin embargo, no iban más allá de ese tablajero que despachaba en una carnicería del fraccionamiento Las Américas, en Ecatepec, Estado de México, de donde desaparecería el 27 de agosto de 2017, después de haber cometido un homicidio atroz.

Pronto las dudas aletearon entre familiares de la víctima, Mariana Joselín Baltierra Valenzuela, de 18 años, pues el sospechoso de su muerte fue el único de los trabajadores de la carnicería que no fue localizado.

El 16 de octubre de ese año, la Fiscalía General de Justicia del Estado de México, mientras tanto, ofrecía una recompensa de 500 mil pesos “a quien o quienes aporten información útil, veraz y oportuna para la localización y aprehensión de Juan de la Cruz Quintero Martínez”.

Esta es la historia.

 

***

El 27 de julio de 2017, Saira Valenzuela estaba en el fraccionamiento Las Américas, al cuidado de su pequeña sobrina. La acompañaban sus hijos, un menor y Mariana Joselín, de 18 años.

Eran las nueve y media de la mañana cuando le pidió a Jos, como le decía, que saliera a comprar huevos y jamón para el almuerzo.

Pocas veces la enviaba a la tienda, y cuando lo hacía tenía la costumbre de mirar el reloj para tomarle el tiempo. Esa mañana no fue distinto.

En caso de que no hubiera mercancía, Jos tenía que avisar si se desplazaba a otra tienda. Faltaban 15 minutos para las diez cuando Maira decidió asomarse y pensó que algo no andaba bien.

Entonces, con su sobrina en brazos, salió a la esquina, miró hacia todos lados, no vio nada y creció su angustia. Volvió a pensar en que algo no andaba bien y salió del condominio.

Fue a la tienda que está cruzando la calle, en la esquina contraria, y preguntó por Jos, pero nadie la había visto. De ahí se fue a donde la envió primero y preguntó lo mismo.

—Sí vino Marianita —contestó la señora de la tienda—, pero ya tiene ratito que se fue. ¿No la encuentra?

—No —dijo Saira—, no ha llegado a la casa.

—Sí vino —detalló la señora—, traía un billete de 50, compró huevo, jamón y le di cambio.

Y a partir de ahí Saira pensó mil cosas mientras regresaba a su casa para dejar a la sobrina con su hijo, al que le hizo recomendaciones sobre el cuidado de la pequeña. Volvió a salir, ahora sollozando.

Una vecina se le unió a la búsqueda, pero fue inútil. De regreso a casa se comunicó con su esposo y éste le dijo que hablara a Locatel y al 911.

También llamó a sobrinas y tías, quienes llegaron rápido de Ciudad Azteca. Unas vecinas pidieron fotografías de Jos y sacaron fotocopias con el nombre completo y sus características.

Saira fue a la cabecera municipal, San Cristóbal Ecatepec, e hizo la denuncia formal sobre la desaparición. En Odisea, un programa sobre alerta de género, hicieron la ficha del caso.

El padre de Jos solicitó revisar videos de las cámaras del C5 ubicadas en el fraccionamiento Curva del Diablo, pero se los negaron. Saira volvió a recorrer la zona y la colonia colindante, Jardines de Morelos, pero nada.

Y pasaron las horas.

 

***

Eran las cuatro de la tarde cuando Saira Valenzuela observó la llegada de una patrulla perteneciente a la Célula de Búsqueda, un grupo que atiende a víctimas de la violencia de género. Ella fue entrevistada.

Cayó la noche pero Saira no pudo dormir. En cuanto amaneció, ya viernes 28, volvió a salir, ahora con su cuñado, y otra vez pasó frente a la carnicería, sobre la calle Independencia, para buscar algún rastro, pensando en que su hija podía haber sido secuestrada.

Mariana Joselín tenía 18 años y aparentaba 14, era menuda, de 1.45 de estatura.  Esa mañana salió en piyama. Por eso la duda de que pudiera haberse marchado. En eso pensaba Saira cuando su cuñado insistió en que regresara a comer algo, pues andaba en ayunas, y así lo hizo.

Pero no pasaron ni cinco minutos cuando el cuñado le habló por teléfono para avisarle que había una patrulla afuera de la carnicería.

Saira colgó, salió corriendo y vio que dos policías hablaban con empleados del negocio. Les preguntó si sabían algo de su hija, cuya foto estaba pegada en la cortina metálica.

—No, madre, nosotros venimos por otro asunto —le dijo una de las mujeres policías—, pero al rato investigo y le informo.

Le advirtieron que no podía estar cerca del lugar, por lo que Saira se fue al camellón de la avenida, siempre angustiada y con un presentimiento, pero al mismo tiempo con una resistencia a creer en la tragedia.

Los policías acordonaron la zona. En ese momento salió su esposo con otros vecinos y quisieron acercarse, pero no pudieron.

Dos paramédicos llegaron y luego se retiraron; enseguida arribaron al lugar unos peritos forenses y entraron por una puerta metálica, del lado izquierdo de la carnicería, subieron a unos cuartos y salieron con un cuerpo en una bolsa que metieron a una camioneta blanca.

La madre de Jos observó que una mujer policía caminó hacia su esposo Orlando y entonces aceleró el paso para acercarse.

La oficial, apenada, le dijo a Orlando que había un cadáver con las características de su hija. Entonces Saira entró en crisis y se negaba a creer que el cadáver fuera Jos. Su esposo también lloraba.

A eso de las diez de la noche le dijeron a Saira que no era recomendable que mirara el cadáver de Jos, sino hasta el sepelio, y de inmediato la llevaron con una psicóloga para que la acompañara.

El dueño de la carnicería dijo que los últimos jueves de cada mes no abría el negocio, y declaró que de sus cinco empleados solo faltaba uno, Juan de la Cruz Quintero Martínez, a quien le rentaba un cuarto de arriba. 

  • Humberto Ríos Navarrete
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